Un día en el INCIFO...

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Cuando hablamos del INCIFO nuestra mente recuerda Huele a muerte. El olor penetra las fosas nasales, tratas de evitar respirar el denso aire y comienzas a inhalar por la boca, pero es inútil, los olores, una mezcla entre carnicería, hospital y brisa del mar (por el aromatizante que rocían), se aposentan en tu estómago incomodándolo. Cada uno de los sentidos del cuerpo “despiertan” aletargados. La nariz evita olfatear y se frunce automáticamente, pero es imposible. Sólo olvidas el olor cuando tus ojos se abren sorprendidos: ves sobre una de las grandes camas metálicas de acero inoxidable, conocidas como planchas, un bulto inmóvil tapado con mantas azules.
El “bulto”, horas antes, era un individuo que manejaba su coche por alguna avenida, hoy está muerto frente a ti. Quieres tocarlo, cerciorar que en verdad es un cadáver que está allí, sobre la cama fría y plateada. Las preguntas taladran tu mente: ¿Estará frío? ¿Realmente el cuerpo humano se pone rígido al quedar sin alma? ¿Sus ojos estarán abiertos? ¿Estará cubierto de sangre? ¿Quién será? ¿Lo conoceré? El morbo y la curiosidad te avasallan tanto como el hedor que sigue flotando en el aire y causa cosquilleo en tu aparato digestivo. Observas tijeras, pinzas, bisturí, y otros instrumentos quirúrgicos de los que desconoces su nombre. La sala es amplia, pero sientes que comprime el oxígeno.
Te cansas de jalar aire por la boca y prefieres inhalar nuevamente por la nariz, inhalar el oxígeno por la boca te hace pensar que saboreas la muerte y lo consideras asqueroso. Quieres vomitar, pero de repente, el cuarto otra vez huele a brisa de mar y a flores. Huele a naturaleza… muerta. Conforme avanzan los minutos cambia tu percepción, el lugar ya no se ve tan tenebroso, quizás por lo que dijo minutos antes el coordinador del lugar, un hombre de piel tan blanca como la bata que dice su nombre, no es fácil estar allí, lo comprobaste en la recepción del SEMEFO. Había personas lesionadas y ensangrentadas, porque además de los muertos, también los heridos en accidentes, áreas laborales, y actos violentos, deben acudir al lugar para efectuar los trámites correspondientes al hecho. Ése espacio de escasos dos metros cuadrados con sillas, también llegan mujeres llorando buscando a su hijo, personas serenas y tranquilas preparadas para lo peor: reconocer a su familiar, tías que solicitan permiso para colocar en el pizarrón una hoja con la leyenda “Se busca”, en la que se puede leer el nombre, fecha de nacimiento, color de ojos y la descripción de la vestimenta de esa sobrina que desde hace tres semanas, no da señales de vida.
En la recepción, al igual que en la Sala de Autopsias, se percibe un olor que vuelca el estómago: el del dolor. Pero ese “olor” no lo perciben los que trabajan en el SEMEFO. No deben. Los peritos criminólogos, técnicos, médicos, chóferes y el resto de las más de 50 personas que laboran en el organismo, saben que mostrar empatía en los casos les puede traer consecuencias. Ellos hacen su trabajo y para hacerlo bien, dejan a un lado los sentimientos, más no la sensibilidad. Suena difícil hacer eso, sobre todo después de que abre la puerta del congelador que “guarda” los cuerpos de los no reclamados y/o no reconocidos. Allí, hombres y mujeres están acostados sobre planchas, vestidos únicamente con la etiqueta del número de autopsia que cuelga en el dedo gordo del pie; la ropa y pertenencias que portaban cuando fallecieron, están una bolsa de plástico, acomodada sobre su estómago. Pareciera que están listos para partir, sólo que la espera debe continuar hasta que aparezca algún familiar, de lo contrario, después de 2 o 3 meses, serán inhumados en una fosa común. SEMEFO llega todo lo que amerita una autopsia médico legal, es decir, personas que murieron en accidentes viales, accidentes de trabajo, en su domicilio, en la vía pública, los que fueron asesinados, los que se suicidaron y últimamente, los que fueron “ejecutados”, como algunos de los que están en el congelador desde hace semanas.
Lo primero que realizan (los que laboran en SEMEFO), es un análisis detallado al cuerpo sin vida: la vestimenta, talla, tipo de zapatos, marca de la ropa, tipo y color de cabello, color de ojos, altura, examinan su dentadura, marcas en la piel, lunares, en resumen, hacen una inspección minuciosa de pies a cabeza. Que sigue del “detalle”, como llaman los peritos a la inspección del cuerpo, es la autopsia, un procedimiento sencillo, empezamos a trabajar (el cuerpo) a partir del peso, estatura, medida de tórax, abdomen. Después, cuando el doctor da instrucción, abrimos cavidad craneal, torácica, abdominal, para ver lesiones, daños, y determinar la causa de muerte (Es el procedimiento de la autopsia) Hoy sólo está el hombre que continúa con las mantas azules, cubriéndolo de pies a cabeza. Su trágico accidente lo convirtió en un número más de autopsia: el 2707.-

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