El Mal Compartido

Por Mónica Ballester (España)

A diario escuchamos noticias de crímenes cometidos por personas en todo el mundo. Ya no nos sorprende saber que un hombre mató a su mujer por celos, a sus hijos por venganza, o que alguien quemó a un indigente. Son actos atroces que por desgracia ocurren con frecuencia, entre gente que consideraríamos “normal” y que a la sociedad hace pensar que quizá el vecino de al lado o incluso nosotros podríamos llegar a ser, sin quererlo, en algún momento de nuestra vida un homicida.

No me detendré a explicar lo que es un asesino en serie y los tipos que hay, ni a hablar del psicópata criminal, que como sabemos es el asesino más peligroso y sádico que existe debido a su falta de empatía y remordimientos. Pero sí me gustaría hablar en este artículo sobre la pareja criminal, es decir, la pareja que conspira para matar conjuntamente. Aquellas personas que planean, actúan, torturan, asesinan, violan y cometen actos criminales conjuntamente. Nos resulta obvio que un psicópata pueda llegar a delinquir (aunque no tiene por qué), que un agresor sexual pueda violar, que una persona con un historial de violencia en su infancia o en su entorno pueda tornarse un criminal. Lo que no nos resulta tan obvio, es por qué y cómo una persona sin ningún trastorno psíquico, totalmente “normal”, con un historial biográfico impecable y totalmente adaptada a su entorno pueda hacerlo, pueda cometer crímenes atroces y pueda seguir con su vida si no es un psicópata careciente de remordimientos. Es esto lo que pretendo averiguar, por qué una persona puede llegar a compartir los deseos violentos de su pareja, participar en sus crímenes, llegar tan lejos con su “socio”.
No todas las parejas criminales son similares, la forma en que estas parejas matan y sus motivaciones son distintas ¿qué es lo que pasa por su perversas mentes?. El psiquiatra forense de la universidad de Columbia, el Dr. Michael Stone, estableció una escala para clasificar la maldad estudiando la mente del criminal y su crimen. El Dr. hace estudios sobre todo biográficos, es decir, de la historia familiar, social y educacional de esa persona desde la niñez. Estableció una escala con veintidós niveles que mide los diferentes grados de maldad comparando los métodos y motivaciones de los asesinos y clasificándolos sobre la base de crueldad, tortura y sadismo. El Dr Stone ha estudiado a las parejas criminales para intentar clasificarlas en estos índices de maldad.
Claro está, que ambas personas que conspiran juntas para matar comparten un motivo, aunque es posible que no una finalidad. Una persona puede querer solo violar, y lo hace, y el otro integrante puede tener como objetivo estrangular, y lo acaba haciendo. Ambos han compartido el mismo medio, la misma víctima pero con fines diferentes que ambos han satisfecho. Analizando las diversas parejas criminales existentes en la historia de la criminalidad como Karla Homolka y Paul Bernardo, o Martha Beck y Raymond Fernandez, entre otros, me ha llevado a hacerme la pregunta estrella: ¿Hay un vínculo entre amor y violencia? Parece ser que sí, incluso el sentimiento más bonito que puede experimentar un ser humano, le puede llevar a su lado más oscuro e inimaginable.
No quiero decir, que todos los que sentimos amor vayamos a ser futuros criminales. Entiéndase este amor como un tipo de amor peligroso, aquél amor obsesivo, dependiente. Nada que ver con el amor que se siente entre la familia, amigos o entre parejas dentro de unos límites. La antropóloga Helen Fisher afirma que “-el amor es una obsesión, un capricho, una adicción que cautiva el cerebro-”. Esta prestigiosa doctora, ha estudiado el amor romántico (atracción interpersonal) desde un punto de vista científico durante alrededor de treinta años. El amor obsesivo puede convertir a la persona en impulsiva, dependiente, ansiosa, con disposición a correr riesgos. Estamos ante un tipo de amor donde el ser humano haría cualquier cosa por conservar a su pareja.
Si realizamos un escáner con resonancia magnética a las parejas que sufren este amor obsesivo, podemos ver que ante estímulos que le recuerdan a su amado/a hay una sustancia cerebral que aumenta notablemente: la dopamina. Ya es sabido que la dopamina está relacionada con la euforia, la excitación y sobre todo con las adicciones. ¿Es por tanto correcto decir que: amor igual a adicción? Según estos estudios, sí.
Incluso podemos ir más allá diciendo que estas fuerzas neurológicas que relacionan amor y adicción pueden llevar a la violencia, puesto que si este amor es potencialmente tan fuerte y eufórico, cuando la situación es positiva no habrá problema, pero ante una situación negativa, esa excitabilidad y adición pueden tornarse al lado contrario, estallando en violencia.
Claro está que la mayoría de nosotros somos seres capaces de controlar nuestros impulsos (en cierta medida), pero no todos controlan sus actos. Solo hay que hacer la vista atrás navegando por la historia de la criminología o del delito para ver como la violencia asociada al amor es impresionante y en cierta manera abundante. Se manifiesta principalmente con suicidios, homicidios y crímenes pasionales. Como la doctora Fisher afirma: “-no hay nada tan violento como el amor-”.
Esto no es nada nuevo, todos conocemos historias sobre asesinatos por “amor”, suicidios por “amor”. Lo que resulta impactante y chocante es que dos personas se unan para torturar, violar, asesinar, en definitiva, para cometer actos perversos conjuntamente, unidos en una misma actividad que les produce placer, les fortalece.
Como conclusión final a este artículo, quiero destacar la importancia de la ciencia criminológica en el estudio del comportamiento humano criminal. Recordemos que la Criminología es una ciencia interdisciplinar, que se nutre de muchas otras como la Psicología, Antropología, Psiquiatría, Medicina, Biología etc. Toda ciencia puede auxiliar a la Criminología a esclarecer interrogantes, a realizar estudios, a comprender mejor lo que se investiga. Así pues, en este artículo, los conocimientos psiquiátricos con la ayuda de estudios científicos como el realizado por la Dra. Fisher para medir la dopamina en el cerebro, ha permitido dar una posible explicación a este comportamiento humano.

Imagen: Paul Bernardo y Karla Homolka

BIBLIOGRAFIA
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