José Antonio Rodríguez Vega

Por Lucía Bort

José Antonio Rodríguez Vega, nació el 3 de diciembre de 1957 y comenzó su carrera criminal con delitos de violación.
En su juventud, se había convertido en un agresor sexual, cometiendo varias violaciones en un número indeterminado, hasta que fue detenido e identificado como el célebre “violador de la moto”. Fue condenado a 27 años de prisión, de los que cumplió solo ocho. Usando su poder de persuasión obtuvo el perdón de todas las mujeres que había violado menos el de una a la que no pudo engañar, entonces no logró librarse de la cárcel, pero consiguió reducir su condena significativamente. A raíz de esa condena, su sorprendida esposa le abandona y se lleva al único hijo de la pareja. Entonces él se buscó como compañera a una mujer disminuida mentalmente.
En esta etapa criminal no mataba a sus víctimas, pero una le delató, entonces su modus operandi cambiará en su segunda fase delictiva.


Entre el año 1987 y 1988, asesinó a 16 ancianas en la ciudad de Santander, aunque no se descarta algún otro crimen, porque disponía los cadáveres de sus víctimas de tal forma que parecía que hubieran muerto de forma natural mientras dormían.
Rodríguez Vega se sentía rechazado por su familia y especialmente por su madre, tenía dificultades para establecer relaciones con los demás y presentaba una personalidad psicopática desalmada caracterizada por un embotamiento afectivo y carencia de sentimientos, además de una perversión sexual múltiple que le originaba anomalías sexuales.

Las relaciones sexuales que mantuvo con las ancianas fueron incompletas y no sólo porque no existiera eyaculación, sino porque en sus relaciones amorosas y sexuales nunca existió penetración (sexo simbólico).
La mayor parte de objetos que sustrajo se encontraron posteriormente en el registro que efectuó la policía en su domicilio. En la habitación de José Antonio, se encontraron muchas superficies pintadas de rojo, color propio de la agresividad y muñecas de plástico que llevaban anillos, pulseras y colgantes de las víctimas.

Respecto a su modus operandi podemos comentar que estaba muy elaborado; al tener conocimientos de albañilería, reparación de aparatos eléctricos, etc., realizaba pequeñas obras en las casas de las ancianas. Su elocuencia y saber estar hacía que las ancianas le tomaran cariño. Cuando pasaba un tiempo, les hacía una visita para ver si se habían quedado contentas con la obra, si lo que les había arreglado funcionaba bien, etc. Las ancianas, amables, le dejaban pasar, hasta le invitaban a tomar algo. Mientras hablaba con ellas, las tocaba de forma cariñosa, hasta que sus intenciones reales salían a la luz. Cuando rechazaban sus proposiciones, se ponía furioso. Las atacaba tapándoles la boca y nariz con su mano, con la otra tocaba sus genitales. A continuación se marchaba. Como ya se ha comentado, su modus operandi evolucionó después de pasar por la cárcel. Allí llegaría a la conclusión de que las víctimas hablan, así que no debía dejar ninguna con vida. A la salida de la cárcel, su MO era exactamente igual, exceptuando que les tapaba la boca y la nariz hasta provocarles la muerte.

Rodríguez Vega padecía una fijación sexual por las ancianas (gerontofilia), dato importante para conocer las características de la firma.
Quizás fuera determinante la experiencia que tuvo cuando tenía 12 años y se sintió sexualmente. Éste veía a su madre en cada nueva víctima.

Se llevaba objetos personales que pertenecían a las víctimas, a modo de trofeos o fetiches.
Estos trofeos desempeñan un papel importante en las fantasías posteriores que pudiera tener en su casa, el reconocimiento a sus hazañas o simplemente revivir el acto.
Una frase pronunciada por José Antonio en el juicio es indicadora del odio que sentía entonces por su madre: «Cuando veía a mis víctimas, recordaba a la sinvergüenza de mi madre y a la veneno de mi suegra, me sorprende que aún estén vivas». El inculpado acudió al juicio sin ruborizarse en ningún momento, siempre sonriente, aparentemente feliz y contento y con una frialdad que llama curiosamente la atención, propia de un psicópata desalmado y frío.
Sus informes fueron concluyentes:
“Conserva inalterado su sentido de la realidad y es capaz de gobernar sus actos, siendo resistente a los tratamientos, lo que ensombrece su pronóstico: su peligrosidad es muy alta”.
“Llegamos a la conclusión de que su imputabilidad era plena, porque su inteligencia era absolutamente brillante. Era un psicópata, con esa característica de ese grupo de psicópatas, esa frialdad clásica, sin remordimientos, no se conmueven, es un personaje verdaderamente hecho para el crimen…”



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