“JEFFREY DAHMER; EL CARNICERO DE MILWAUKEE”


Mónica Ballester. Criminóloga. España
Jeffrey L. Dahmer fue detenido por la policía en julio de 1991 y confesó haber abusado sexualmente, matado y descuartizado a diecisiete hombres, por lo que fue apodado «el carnicero de Milwaukee». Además, reconoció haber realizado diversas prácticas caníbales y necrófilas con los cuerpos. Fue condenado a novecientos treinta y seis años de prisión de los que apenas cumplió un par puesto que fue asesinado en la cárcel por otro preso.

Dahmer declaró en numerosas ocasiones que durante su infancia no hubo sucesos especialmente llamativos o fuera de lo común que justificaran sus acciones futuras; ni sufrió maltratos físicos ni abusos sexuales. Si los vemos por separado, que fuera un chico solitario criado en una familia de clase media, que le gustara diseccionar animales muertos «para ver cómo eran por dentro» o que sus padres discutieran con frecuencia (y que acabaran divorciándose cuando Dahmer tenía dieciocho años), no parecen motivos suficientes para justificar un despertar homicida. Tal vez lo más llamativo fuera su interés por los órganos internos y los huesos (metía animales muertos en ácido para obtener los esqueletos, que luego guardaba en formol).
En Bath (Ohio), el pueblo donde vivió su juventud, la homosexualidad era el máximo tabú (como en tantos otros lugares a mediados de los setenta, por otra parte). Dahmer se sintió desamparado cuando empezó a despertarse en su interior una inclinación sexual hacia los hombres ya que no conocía a nadie gay, pero también porque, en sus fantasías, sus amantes estaban inmóviles, inconscientes… muertos. Sabía que eso no era normal y le aterrorizaba, por lo que intentaba embotar sus pensamientos con alcohol. Pero sus impulsos eran demasiado fuertes como para adormecerlos con cerveza y ron o para engañarlos con sustitutos de cuerpos humanos inertes como un maniquí, que escondía en el armario durante la temporada que vivió con su abuela.
La gran fantasía de Dahmer, recurrente desde su despertar sexual adolescente, era disponer de un amante sobre el que ejercer «control total» y tenerlo a su lado tanto tiempo como fuera posible. Pero era incapaz de conseguirlo de manera consensuada, así que su procedimiento estándar —o como él lo denominaba, «su plan»— consistía en captar a un hombre, llevárselo a casa, drogarlo para que perdiera el conocimiento, matarlo, tener relaciones sexuales con el cadáver y ya, en ocasiones, comer partes de su cuerpo o guardar trofeos con los que excitarse. Además, solía hacer fotografías de todo el proceso: la policía encontró en su apartamento ochenta y tres polaroids con distintas fases del proceso de descuartizado.
Ya sea por el exceso de alcohol o por un estado disociativo, Dahmer no era consciente de haberlo asesinado aunque era evidente su autoría porque estaban juntos en la cama y tenía heridas defensivas en sus brazos. En adelante, cada vez cedió con más frecuencia a sus impulsos: cometió otros dos crímenes en 1988, uno en 1989, cuatro en 1990 y ocho en 1991, hasta que fue detenido en julio.
Sus dos primeros asesinatos ocurrieron sin planearlo. El primero, con dieciocho años, tuvo lugar cuando su madre le dejó solo en casa durante semanas (su padre vivía ya en un motel y no se enteró hasta más tarde de la marcha materna) y supuso la materialización de otra fantasía: recoger un autoestopista y ejercer control total sobre él. Así, se llevó a casa a un atractivo autoestopista y compartieron porros y alcohol, hasta que quiso marcharse y Dahmer lo impidió matándole con una barra de hacer pesas. La segunda vez, ocho años después, ocurrió sin proponérselo puesto que se llevó a un amante a una habitación de hotel y por la mañana se lo encontró muerto a su lado.
El descubrimiento de los horrores del apartamento de Dahmer produjo conmoción. No se trataba de un caso que había aterrorizado a la ciudad con un reguero de cadáveres por las esquinas como Jack el Destripador, con el que frecuentemente se le compara. Lo más inquietante era que se habían producido todos esos perturbadores crímenes en el más absoluto anonimato e indiferencia popular. La sensación era que nadie había echado en falta a sus diecisiete víctimas mortales y no se había establecido ningún vínculo entre ellas que pudiera llevar hasta Dahmer.
En paralelo a sus matanzas, con el fin de prolongar sus estimulantes sensaciones, buscaba nuevas experiencias. Por un lado, guardaba trofeos como calaveras u órganos con los que después masturbarse y rememorar a sus amantes, e incluso comer algunos trozos «para que formaran parte de él». Por otro lado, experimentó con trepanaciones vertiendo directamente en el cerebro ácido o agua hirviendo para convertir a sus víctimas en zombis, cuerpos sin voluntad, buscando materializar su fantasía del control total. En su espiral de asesinatos pareja a su pérdida de contacto con la realidad, Dahmer proyectaba construir en su apartamento un centro de poder, con dos esqueletos completos y varias calaveras, a través del cual acceder a un nuevo nivel de percepción. Según contaba, estaba solo a seis meses de materializarlo cuando la policía le detuvo.
Dahmer pudo ser detenido en numerosas ocasiones pero la poca pericia de la policía le permitió continuar con sus orgías necrófilas. Por ejemplo, tras matar y descuartizar a su primera víctima, se dispuso a llevar los restos, que metió en tres bolsas grandes de basura, a un vertedero. Pero por el camino le pararon dos coches de policía porque iba pisando la raya continua. En una situación de máxima tensión para Dahmer, fue capaz de mantener la calma y a la pregunta de qué llevaba en las bolsas pudo convencerlos de que iba a tirar la basura. Pero ojo: todo esto sucedió a las tres de la mañana y desprendiendo el coche un olor nauseabundo a cadáver en descomposición.
En su época de estudiante, Dahmer se hizo bastante famoso en su instituto por sus logradas imitaciones de retrasados mentales y enfermos de parálisis cerebral. Incluso cobró entradas para presenciar su denominada «Actuación Histórica», que consistió en pasar la tarde en un centro comercial haciendo literalmente el subnormal y escandalizando a la gente. Y creó tendencia: entre sus compañeros de curso eran frecuentes los dahmerismos dentro de sus bromas privadas.
En otra ocasión, Dahmer, siguiendo su plan habitual, drogó a una de sus víctimas (Konerak Sinthasomphone) y abusó sexualmente de ella mientras estaba inconsciente, tras lo cual le entraron ganas de bajar al bar a tomar una cerveza. Mientras estaba bebiendo, Sinthasomphone volvió en sí y escapó de la casa, muy aturdido por los somníferos, el alcohol… y la trepanación, ya que Dahmer le había hecho un agujero en la cabeza con un taladro y había vertido ácido directamente a su cerebro. A las dos de la mañana, al salir del bar, se encontró a Sinthasomphone sentado desnudo en la acera rodeado de policías, que se interesaban por su estado. Dahmer los convenció de que se trataba de su amante, que estaba borracho, y que ya se ocupaba de él. Los propios agentes le ayudaron a meterlo en su apartamento puesto que Sinthasomphone, que apenas podía articular palabra en inglés, aún tenía suficiente voluntad como para no querer volver allí. Los policías echaron un vistazo superficial y cuando vieron fotografías de ambos tonteando antes de que Dahmer lo drogara, creyeron su versión. Si hubieran prestado más atención al repugnante hedor del apartamento (del que dejaron constancia en el informe) o, simplemente, hubieran entrado al dormitorio donde había un cadáver tumbado en la cama, Dahmer habría ido a la cárcel en ese mismo momento. Por el contrario, se marcharon dejando a Sinthasomphone a merced de su verdugo, que lo estranguló pocos minutos después. Callado y algo tímido, Dahmer era un hombre muy educado, que hablaba con calma y hacía gala de un raro carisma. Tenía un aspecto físico bastante atractivo (alto, rubio, ojos azules, en buena forma) aunque tenía una forma de andar extraña con los brazos pegados al cuerpo que se acentuaba por sus hombros caídos y echados hacia delante. No es de extrañar que quienes se guían con el dicho «la cara es el espejo del alma» se llevaran un chasco mayúsculo cuando salieron a la luz sus atrocidades. Y es que, seamos sinceros, si llaman al timbre y por la mirilla ven a Charles Manson con su mirada demente y una cruz gamada tatuada en la frente, seguro que no le abrirían la puerta. En el colmo de los colmos, los mismos vecinos que no sospechaban del majo de Jeffrey pensaban que este estaba cocinando callos cuando hervía los restos humanos para separar la carne de los huesos.
Pero dentro de la prisión la idea de que sus crímenes eran raciales había calado hondo. En agosto de 1994 fue atacado con un cuchillo por un grupo de presos negros aunque milagrosamente escapó con heridas leves. Pero cinco meses más tarde no tuvo tanta suerte: otro convicto afroamericano lo mató a golpes con una barra de hacer pesas, el mismo instrumento que Dahmer utilizó para su primer asesinato. Su cerebro se conservó en formol para su posterior estudio, como hacía el joven Jeff con los animales que encontraba muertos al lado de la carretera (aunque el cerebro fue incinerado por orden judicial tiempo después). Aquel 28 de noviembre de 1994 su historia quedó cerrada casi como empezó
Dahmer se solía indignar cuando le llamaban racista porque la mayoría de sus víctimas eran negras. Quería dejar claro que no tenía nada contra los negros y si mató, violó, torturó, etc. a hombres de esta etnia fue simplemente porque eran los más numerosos en los bares de ambiente donde se movía cuando su actividad asesina se desbocó. No confundamos las cosas, venía a decir: llamadme de todo pero racista no, por favor. Es más, su ideal de amante era «un hombre blanco bien desarrollado y complaciente». Y apostilla: «Habría preferido tenerlo vivo». Curiosamente, en la recurrente El silencio de los corderos, cuando el FBI elabora el perfil psicológico de Buffalo Bill, se dice que, como sus víctimas son blancas, el asesino es blanco «porque los asesinos reincidentes suelen matar dentro de su propio grupo étnico».

BIBLIOGRAFIA: www.jotdown.es



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