Presos nuevos o presos viejos

Fernando A. Qualytel (España)

La teoría dice que cualquier preso puede ser rehabilitado. Pero  el  sistema  penitenciario del siglo XXI  refleja  una actitud de rechazo hacia los reclusos propia del siglo XX.  Muchos presos padecen problemas mentales que sólo pueden ser curados con prolongados tratamientos individuales. El éxito de ese tratamiento se mide a corto plazo en positivo en los centros penitenciarios, pero no garantiza la recuperación del paciente que  regresa a la caótica sociedad que le puso entre rejas.



La pena privativa de libertad nació y se extendió en el siglo XVIII, con gran entusiasmo, por el progreso y  superación que suponía desplazar las penas dominantes hasta ese momento, como eran la pena de muerte o las galeras. Era un tiempo de cambio social. Además representaba la mitigación de la crueldad y dureza del sistema penal vigente en aquel momento. La aplicación de la pena privativa de libertad hasta ahora ha demostrado que  tampoco es eficaz para resocializar al delincuente. Se puede estudiar como una medida  socialmente ineficaz y con un fuerte componente criminógeno: La pena privativa de libertad produce el aislamiento del individuo, que daña la personalidad del  delincuente  al desembocar en una psicosis carcelaria.

Considerar la pena privativa como ineficaz, es reconocer que el legislador no ha podido resocializar  ni  reducir la delincuencia. En este punto, la prisión se ha convertido en otro factor criminógeno: la escuela de la delincuencia. Por poco tiempo, se aparta de la sociedad  a ciertos delincuentes con penas privativas de libertad de corta duración, que coincidirán con los presos veteranos que cumplen penas de larga duración. El objetivo de contener a los victimarios se logra entre los muros de la prisión. Pero a camino entre la celda y el patio, el preso viejo aleccionará en el arte al preso nuevo. Se consigue la contención del victimario, pero fracasa la resocialización de la persona.

Una pena de larga duración destruye la personalidad y produce una subcultura carcelaria difícil de comprender al común de los ciudadanos. Son unas reglas diferentes y diferenciadas. Una pena de corta duración no permite un tratamiento de éxito, además de mantener el contacto de este perfil de presos con los veteranos que cumplen penas de mayor duración.

Las celdas no están devolviendo ciudadanos resocializados  al sistema.  Aún más, se acrecienta una sociedad de riesgo, donde la acción criminal individual contra la sociedad, queda agrupada en distintas organizaciones de bandas o sistemas criminales, que operan contra ciudadanos cada vez más ocupados en tareas de autoprotección, contra unos delincuentes con métodos más violentos.

Describir todo esto no arroja luz sobre nada nuevo. Pero se observa que ante el ocaso del  modelo del Estado de bienestar, se alienta una legislación de emergencia, que pretende el endurecimiento de penas para mantener el control social. Esta tendencia puede sumar presos nuevos o presos viejos a las estadísticas, pero no restará violencia y crimen en  las calles.

·         Bibliografía:
Landrove Díaz, G. (1990). Victimología, Madrid.
García–Pablos de Molina, A. (1998). Manual de Criminología. Introducción y teorías de la criminalidad, Editorial España, Madrid.

García-Pablos De Molina, A. (1999). Tratado de Criminología, Editora Tirant lo Blanch, Valencia.

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