No Cambio una Madre por una Madrastra





Por Carlota Barrios

Este artículo está dedicado a mi bisabuelo, al que no conocí, pero seguramente me gustaría haber conocido.







Sin paños calientes: ¿Hay criminales en vuestra familia? ¿Y policías?
Seguramente os estéis preguntando a que vienen estas preguntas tan raras, pero creo que lo comprenderéis mejor si me explayo un poco sobre el tema…

En mi familia hay básicamente dos ramas de oficios, los de finanzas (trabajadores de bancos y cajas de ahorros, economistas y brokers) y los de salud (médicos y farmacéuticos).
Evidentemente yo no encajo en ninguna de esas dos ramas, y es que no hay un solo familiar con estudios de ciencias sociales o jurídicas.

La verdad es que a veces resulta un poco aburrido no tener un psicólogo o un abogado en la familia para discutir sobre intereses comunes, pero siempre he admirado el caso de mi bisabuelo materno, que era policía, ¡y no uno cualquiera! Al ser inglés, trabajaba para Scotland Yard, y estuvo varios años en el servicio secreto.
Trabajó durante gran parte de su vida en Gibraltar, donde había nacido, pero también en Marruecos y varias zonas del sur de España.

Recuerdo la cena de Navidad del año 2001 con una mezcla de sorpresa y decepción, porque fue precisamente durante una conversación entre los familiares reunidos, cuando me enteré de que mi bisabuelo, era el primer criminal de la familia.

Resultó que traficaba con alcohol y tabaco en la frontera entre Cádiz y Gibraltar, además de pasar dinero a escondidas por aduanas sin declararlo… ¡usando a menores para ello! A mi madre, que por aquél entonces era una enana, le ponía una peluca enorme y escondía los billetes debajo.

Imaginad mi cara cuando supe que el agente de Scotland Yard de la familia, al que el gobierno de Winston Churchill ofreció una casa en Londres por los servicios prestados durante la Segunda Guerra Mundial, era también un contrabandista… Al parecer aprendió el “oficio” de unos amigos gaditanos, ya que siempre fue un entusiasta de la cultura española, y de hecho, siempre se sintió más español que inglés.
Le gustaba tanto el sur de España que cuando mi abuela estaba a punto a nacer, se montó la marimorena entre mis bisabuelos para decidir si nacería en Cádiz o en Gibraltar, ganando finalmente la batalla mi bisabuelo (mi abuela nació por los pelos en La Línea de la Concepción, ya que el parto empezó mientras cruzaban a todo correr la frontera de Gibraltar).

Todo esto me hizo reflexionar: ¿qué hace que un policía con un sueldo decente para la época, que le permite mantener a su familia, se arriesgue a asfixiarse al esconderse en el salpicadero de un camión? ¿De verdad era sólo por el “sueldo extra”?

Como criminólogos, considero que siempre debemos intentar ir más allá, y no quedarnos en la superficie, en lo aparente. Se pueden extraer mucha información de una persona en vida, sobre todo si la conocemos y tratamos directamente, pero lo bueno de los muertos es que, al no estar presentes en las cenas de Navidad, uno puede escuchar decir todo tipo de cosas acerca de ellos, y ¿adivináis cuál es la mayor queja sobre este personaje entre sus descendientes? ¡La casa de Londres!

Si mi bisabuelo parecía querer ser más acaudalado, y su doble vida como contrabandista parecía indicarlo así, la decisión que tomó sobre la casa de Londres demuestra todo lo contrario.
Como he comentado anteriormente, el gobierno de Churchill premió con una casa familiar en la capital británica a todos los agentes que prestaron servicios de espionaje en el Estrecho de Gibraltar durante la Segunda Guerra Mundial. Bien, pues mi bisabuelo rechazó la casa, ¡y de qué manera!
Sus nietos –entre ellos mi madre- decidieron bautizar este momento estelar como “la venganza del abuelo” y es que envió una carta a Londres que se titulaba literalmente, “no cambio una madre por una madrastra”.

Él sentía que su verdadera madre era España y que Inglaterra era en realidad una madrastra, alguien que le dio lo necesario para vivir pero no le dio la vida. Amaba la cultura española, su gastronomía y su gente por encima de todas las cosas, tanto que aplicó literalmente el dicho “en Roma haz como los romanos”, y se dedicó a traficar con tabaco y alcohol para integrarse en el ambiente y entre las personas que más apreciaba.
Por lo que cuentan mis familiares, también era un amante del riesgo, un izquierdista acérrimo y tremendamente crítico con las normas estrictas, hechos que cuadran perfectamente con esa doble vida que llevaba.

¿Era un criminal? Bueno, digamos que lo más parecido a uno que ha habido en mi familia por ahora (¡toco madera!), pero lo importante aquí son los factores cultural y ambiental, ya que una persona que proviene de una familia estructurada, que tiene una vida estable y un sueldo nada despreciable, puede verse atraído por ciertas actividades delictivas por el simple hecho de querer sumergirse en una cultura a la que quiere pertenecer.

También se puede citar a Goring y Lund, que desarrollaron una teoría mediante la cual explican que los criminales cuyos padres también lo eran, se encuentran en una proporción mayor que los criminales que sólo tenían un progenitor criminal. En el caso de mi bisabuelo, la cosa no viene de familia, pero se puede encontrar una relación simbólica en su frase sobre la madre y la madrastra, donde la primera le ofrece una vida de emociones y un ambiente en el que encaja a la perfección, y la segunda le ofrece un medio de vida honesto, pero al parecer más aburrido.

Cuando se explica el crimen desde el punto de vista cultural, a menudo se hace referencia a la familia más directa (especialmente progenitores), a las amistades, y al oficio o medio de vida que uno se ha labrado. Queda claro que además de lo anterior, hay criminales por cultura alternativa, es decir, por la familia que han elegido o por el mundo al que quieren pertenecer, aún cuando no tienen una necesidad material para hacerlo (recordemos que a priori, el contrabando se relaciona con el aspecto económico).
Podríamos decir que hay personas que, en cierto modo, delinquen “por amor al arte”, o en este caso por la fascinación que sobre ellas ejerce un grupo social al que quieren pertenecer, bien por admiración, bien por amistad, bien por parentesco, etc.

Por último, me gustaría señalar que Durkheim decía que sólo es un criminal aquél al que la conciencia colectiva de un determinado grupo califica como tal. Así, por ejemplo, en una sociedad donde la propiedad privada tiene una importancia considerable, el prototipo de criminal por excelencia sería un ladrón.
No cabe duda alguna respecto a lo que habría pasado si los compañeros de trabajo de mi bisabuelo hubieran descubierto sus correrías; le habrían considerado un criminal ya no sólo por la sociedad a la que pertenecían, sino por el colectivo profesional al que representaban -la policía-, pero por otro lado, su comportamiento era visto en mi familia como algo normal (aunque no exento de crítica). No es que lo aprobasen, pero poco podían hacer para controlarle, aparte de los sermones que le echaba mi bisabuela, del tipo “¡vaya ejemplo que les estás dando a tus nietos!”.

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