Sociopatía, trastorno de personalidad antisocial y psicopatía

Dra. Susana P. García Roversi - Buenos Aires - Argentina
La mayoría de los profesionales en las áreas de criminología, psicología y psiquiatría concibe que el Trastorno de Personalidad Antisocial –TAP– sea un conjunto de diversos factores, aunque el DSM-V (“Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders”, American Psychiatric Association, 2013, F-60.2) lo considere como un conjunto con identidad única. David Lykken, por su parte, afirma que los sujetos que componen este grupo “se caracterizan por una predisposición persistente hacia la conducta antisocial”.
A pesar de que tanto la psicopatía como la sociopatía no tienen reconocimiento oficial como trastornos, es importante establecer las diferencias entre ellas pues es innegable que constituyen dos de las tres grandes categorías en las que se bifurca este trastorno:
PSICOPATÍA: se trata de un conjunto de tendencias antisociales, que podrían ser causadas tanto por diferencias biológicas, cuantitativas de temperamento o cualitativas en la función cerebral de quienes la padecen, y que les dificultan su socialización cuando se encuentran en edad de crecimiento. Nótese que utilizo el término “podrían” pues aún no se ha podido determinar la génesis de este trastorno.
SOCIOPATÍA: en este caso se trata de individuos con un temperamento normal, pero que no poseen los atributos necesarios para convivir socialmente, por lo general como consecuencia de una crianza negligente, incompetente o abusiva por parte de los agentes primarios del proceso de socialización: los padres.
La crianza de los hijos es decisiva en la sociopatía. La dinámica propia de un estilo educativo displicente y permisivo por parte de los padres resulta, en el futuro, en hijos incapaces de socializar en forma correcta y que, por lo general, cometen delitos pues no reconocen las normas sociales, como consecuencia de la falta de normas por parte de los padres.
Si a esta negligencia se le suma una actitud irresponsable y/o indiferente –conductas típicas de padres inmaduros– es muy difícil que sepan cómo enderezar a sus hijos en algún momento de su crecimiento, sobre todo en la adolescencia. Y a todo evento si el abuso se encuentra presente en la crianza de los hijos el cóctel de componentes se torna explosivo: no respetan, no acatan, se dejan llevar por sus deseos cualquiera que estos sean y, es altamente probable, que cometan delitos. El autor citado para este artículo sugiere que los cambios culturales recientes que se han producido en Estados Unidos, han contribuido al crecimiento de la incidencia de esta educación inepta de los hijos y, por ende, en un aumento de la sociopatía desde la preadolescencia.
A punto tal lleva esta afirmación que indica que “las personalidades antisociales responsables de la mayoría de los delitos en EE.UU., no son psicópatas. Son sociópatas”. Entonces, se podría concluir que las personalidades sociópatas son más numerosas y representan un mayor problema social, teniendo en cuenta el aumento de los índices de delincuencia y violencia, además de estar más presentes en la sociedad occidental y, dentro de ella, más dentro de la población urbana que en la rural.
La sociopatía es el subgénero más amplio del Trastorno de Personalidad Antisocial; en él se encuentran sujetos –generalmente hombres, pero el sexo femenino se encuentra en aumento– que no fueron correctamente socializados desde su infancia hasta su pubertad: “poseen características impulsivas o modelos de hábitos que pueden atribuirse a un aprendizaje desviado que interacciona, quizá, con tendencias genéticas también desviadas”, según Lykken.
Pero esto no debe llevar a confusión: el temperamento de un sociópata muchas veces es normal a pesar de la ineptitud paternal, mientras que otros pueden ser nerviosos, agresivos y/o buscadores constantes de estímulos. La mayoría de población reclusa satisface los criterios diagnósticos del Trastorno de Personalidad Antisocial que identifican a más de la mitad de hombres que consideramos “delincuentes comunes”, pero no todos se identifican con la psicopatía, ya que en este último trastorno no existe ningún tipo de probabilidad de que establezcan un vínculo afectivo con alguien de su entorno, ni siquiera el familiar. En los casos de TAP, se puede apreciar que parte de la población carcelaria posee algunos vínculos familiares y llegan a establecer lazos de “amistad” con otros reclusos.
En el caso de los sociópatas, se puede coincidir con Lykken que son el producto fallido de una educación funesta e indisciplinada, aunque no por ello se obtenga como consecuencia una persona con la que sea difícil entablar ningún tipo de vínculo.
Fuente: LYKKEN, David, “Las personalidades antisociales”, Herder, Barcelona, 1994.


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