Grietas en la Pared


Por Vicente Garrido

Destacado: “La Policía y la Justicia son el último bastión de nuestra creencia en un mundo justo, o al menos no del todo injusto”.
Cuando la semana nos trae noticias inquietantes de la policía, hay motivos para preocuparse, y no porque el hecho sea común o frecuente, sino porque la Policía y la Justicia son los baluartes más sólidos de un estado de derecho, pues son ellas quienes distribuyen sanciones y penas; en suma, quienes controlan la fuerza directa aplicable por una sociedad. No podemos dudar de que tanto la una como la otra han sido piezas esenciales de la derrota de ETA y, en los últimos años, de la defensa de la democracia frente a la ola de corrupción con la que todavía estamos bregando.
Pero lo cierto es que da que pensar la conversación del comisario Villarejo con el presidente (en vías de extinción) de la Comunidad de Madrid, señor González. Esa promesa mutua de que el ‘asunto’ del ático del segundo no debe salir a la luz… y esos 16 millones de euros fruto de los negocios que lleva el primero, la verdad, son hechos inquietantes, porque al margen de lo que decidan los tribunales, señalan que ambos interlocutores no tenían ni idea de que estaban siendo investigados, y eso es grave en gente que tiene tan alta responsabilidad, a menos que pienses que no hay nada que investigar (pero entonces, ¿por qué esa alarma ante la posibilidad que se conozca el origen de ese inmueble como propiedad de González?), o que creas que nadie sospecha de nada, algo que ha sido muy común en estos años de corruptelas sin cuento.
El segundo episodio es más grave, y te deja el sabor amargo de la película “La isla mínima”: un aire espeso que alberga odios y prejuicios, una moral relajada y las pasiones turbias de gente que se equivoca al elegir la profesión de policía. Los jueces decidirán, pero ya hay dos hechos objetivos que puedo mencionar, y que sustentan mis impresiones. El primero sucede en Cartagena: seis policías se desplazan hasta el domicilio de un indigente, esquizofrénico y cocainómano; antes este había llamado porque había recibido amenazas de una familia porque les había robado unas bicicletas. Me imagino a este hombre solo en su casa, atemorizado, viendo fantasmas en cada esquina; su vida un caos por dentro y por fuera. Días después el cuerpo ya cadáver de Diego Pérez apareció en Cala Cortina, donde los policías interrogados por el juez aseguran que llevaron al fallecido ‘para que se calmara’. Mal rollo. Sobre todo si consideramos que uno de los seis policías investigados era protagonista de expresiones como estas (grabadas por asuntos internos): “Vamos a darle sartenazos al gordo y a disfrutar [refiriéndose a otro incidente]”.
La Policía y la Justicia son el último bastión de nuestra creencia en un mundo justo, o al menos no del todo injusto. Esas grietas en la pared deben repararse; la actualidad nos enseña el destino de los países que cometieron el grave error de la indiferencia.

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