Asesinos líderes de sectas o cultos destructivos (cult leaders killers)© 1ª Parte

Por Dra. Susana P. García Roversi (Buenos Aires-Argentina)
1. Concepto de secta. Diferencias con las sectas o cultos destructivos. No se pueden negar las connotaciones negativas de la palabra “secta”. En el saber popular, una “secta” siempre designa, por lo menos, a un grupo separado de una corriente religiosa principal, por causa de diferencias dogmáticas (como es el caso de los “Testigos de Jehová”, que no aceptan la divinidad de Jesucristo), o por un deseo personal de su líder (el caso del rey Enrique VIII de Inglaterra).
No obstante, desde hace unos 30 años, el problema ha dejado de ser exclusivamente teológico para adentrarse en la esfera de lo social, y las sectas o divisiones de una religión han dado paso a los cultos. ¿Qué los diferencia? Una secta es una rama de un movimiento, en principio, religioso, que se separa y se distingue por diferentes razonamientos o creencias del tronco principal. El culto no es una religión, sino que se trata de una adoración y seguimiento ciego e incondicional hacia una persona y no a un movimiento: lo que dice o piensa el líder es “ley” en el culto y nadie puede apartarse de ello sin sufrir graves consecuencias. Algunos estudiosos de estos fenómenos, con el fin de contar con un término neutro, han propuesto el de “nuevos movimientos religiosos”.

El problema es que, desde el punto de vista de sus creencias, muy pocos de estos movimientos pueden pretender ser nuevos; la mayoría se basa en una interpretación disidente de los mismos textos sagrados de las grandes religiones: la Biblia, el Corán (p. ej., el “sufismo” dentro del Islam), los Vedas (los harekrishna), o de una mezcla de enseñanzas tomadas de uno y otro lado; y también el caso del vudú (religión reconocida en muchos países como tal) y sus deformaciones (santería, palo mayombe, umbanda, etc.).
Pero, en el fondo, existe otro gran problema. Es una aberración designar a una secta socialmente peligrosa, como la “Verdad Suprema”, con el mismo término aplicado a corrientes religiosas que, simplemente, se apartan del dogma tradicional. Esta distinción no es banal ni se limita a la esfera de lo individual. En muchos países, México entre ellos, las asociaciones religiosas gozan de ciertos privilegios. Otorgárselos a todas, bajo este amplio espectro de “nuevos movimientos religiosos” constituye un despropósito de la ley, pues no es la finalidad de ésta beneficiar a un grupo que se dedica a socavar y destruir a la sociedad en su conjunto, además de perjudicar a sus miembros, en forma física, psicológica, económica o penalmente responsable.
¿En qué momento una corriente religiosa se convierte en secta o en un culto personal peligroso? Esto es de mucha importancia pues es lo que permite diferenciar un apacible gurú de un fanático peligroso. El aspecto central es la manipulación que ejerce sobre sus miembros, y para detectarla, los expertos se basan en los siguientes ocho criterios establecidos por el Dr. Robert Lifton.
a) Control de la comunicación. El líder decide con quiénes se comunican y/o relacionan los adeptos, y limita sus fuentes de información. Esto puede ser en forma de prohibición explícita o implícita (“No hay que perder el tiempo leyendo”) o como consecuencia de las demandas de participación en el grupo (trabajo excesivo, charlas grupales obligatorias, etc.), por lo que el adepto no tiene tiempo para otras actividades. 
b) Misticismo artificial. No es difícil crear experiencias místicas que refuercen la sensación de “estar avanzando en el sendero”: velas, incienso, rezos o mantras, comidas especiales, música contínua y otros elementos pueden usarse para convencer al adepto de la validez de las prácticas. 
c) Redefinición de los términos. Cada grupo tiene su propio lenguaje, su propia interpretación de las palabras, incluso las de uso común, impuestas, por supuesto, por su líder. Aprender a usar este vocabulario crea en el adepto una fuerte sensación de pertenencia que, en muchos casos, es precisamente lo que buscaba al integrarse al grupo. 
d) Primacía de la doctrina sobre el adepto. La experiencia individual no puede contradecir al dogma que el líder impone. Si el grupo dice que en una meditación, inducida y manipulada por el líder, se perciben determinadas cosas (visuales, auditivas, olfativas, etc.), eso es lo que el adepto dice (cree) que ocurre. Si admitiera que “no sintió nada”, se justifica con la noción de que “aún no ha avanzado lo suficiente” y puede ser objeto de represalias de diversos grados. 
e) Infabilidad del dogma. El dogma no debe ser sujeto a discusión ni pensamiento lógico alguno, ya sea porque se trate de la palabra del “maestro” o de una “revelación divina” hacia él.
f) Culto a la confesión. La confesión pública no sólo permite “redimir los pecados”, sino que establece fuertes lazos de complicidad entre los adeptos.
g) Demandas inalcanzables de pureza. Al establecer una norma inalcanzable, el adepto vive en estado continuo de vergüenza y culpabilidad que lo vuelve altamente vulnerable a otras demandas. 
h) Dispensa de la existencia. El líder, junto con su grupo más allegado, decide quién tiene derecho a vivir y quién no. Si no es en esta vida, al menos, sí les promete a los adeptos que cumplan con todas las reglas, las normas de salvación.
Robert Lifton fue un psiquiatra y sociólogo que estableció estos criterios tras estudiar las técnicas de coerción empleadas en China para convertir al comunismo a los disidentes e, incluso, a los prisioneros de guerra (los conocidos “lavados de cerebro”).
Qué es una secta o culto personal destructivo y cómo opera. Teniendo en cuenta lo expresado en el punto anterior, las sectas o cultos destructivos contemporáneos, independientemente de su historia y principios doctrinales, se caracterizan por tener los siguientes elementos en su forma de operar, reclutar y ejercer su “fe”:
• Son grupos enlazados bajo una doctrina demagógica, encabezados por un líder carismático, quien dice ser “su dios”; el “elegido” o “enviado”; el poseedor de la “verdad absoluta”. 
• El líder –y quienes son por él designados, en una escala inferior a la suya, obviamente– exigen que las órdenes del “maestro” sean ejecutadas sin el menor cuestionamiento o duda.
• Exigen la adhesión total al grupo, al cual obligan a romper con todos los lazos sociales anteriores a su ingreso al culto: padres, pareja, amigos, trabajo, estudios, etcétera.
• Viven en comunidades cerradas o en total dependencia del grupo; por lo general eligen lugares alejados y aislados de las ciudades.
• Se suprimen las libertades individuales y el derecho a la intimidad de los integrantes.
• Se controla toda la información que llega hasta los adeptos, la cual es manipulada por el líder a su entera conveniencia. 
• Se utilizan técnicas psicológicas con el fin de anular la voluntad y el razonamiento del adepto, causándole, en muchos casos, graves trastornos psíquicos.
• Se proclama el rechazo total de la sociedad y sus instituciones; “afuera todos son “enemigos”. 
• Tienen, como actividad principal, el proselitismo y la recaudación de dinero; algunos, como Charles Manson, la comisión continua de diversos delitos (robos, hurtos, inflicción de “castigos” que causan lesiones o temor a terceras personas, entre algunos); Adolfo Constanzo (secuestros, asesinatos, tráfico de drogas), o Shoko Asahara (asesinato, atentados aislados).
• Los líderes obtienen, bajo coacción psicológica y manipulación, la entrega del patrimonio personal de los nuevos adeptos y de grandes sumas de dinero.
Por lo dicho, podríamos afirmar que casi todas las sectas son destructivas, al menos, de la individualidad de sus adeptos. Sin embargo, hay algunas en las cuales el nivel de destrucción humana de los seguidores es tal que se llega a límites increíbles. Debido a que el adepto debe acatar los principios de la secta o del culto por sobre los establecidos por las leyes, en ocasiones es obligado, coercitiva o psicológicamente, a cometer ataques a terceros, actos que son denominados como “terrorismo doméstico”, o prácticas autodestructivas, como los suicidios masivos, los cuales, la mayoría de las veces, son “asistidos” o bien, como en el caso de la secta “El Templo del Pueblo”, fundada por Jim Jones, quienes se resistían al “suicidio revolucionario”, eran obligados por la fuerza a ingerir el veneno. Y he aquí el objetivo de la caracterización sus líderes como asesinos múltiples. 
FUENTE: García Roversi, Susana P., “Asesinos Múltiples 1”, Colección “Sin Piedad”, vol. 1, Grupo Editorial HS, Buenos Aires, 2010.


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