Asesinas en serie: El caso de ‘La envenenadora de Valencia’

Carla Pérez Portalés (España)                            
“Ejecutar a una mujer es peor que ejecutar a treinta hombres. Tener que hacerlo con una mujer es lo más duro, y más con una muchacha joven de carnes tan blancas como aquélla". Antonio López Guerra, el verdugo de ‘La envenenadora de Valencia’.

Las mujeres asesinas en serie son más sutiles y tranquilas que los hombres, planifican sus asesinatos y suelen ser manipuladoras y grandes envenenadoras. Como consecuencia, el principal problema de descubrir un asesinato en serie es “apreciar que lo es”, explica así la jefa de la Sección de Homicidios y Desaparecidos de la Comisaría General de Policía Judicial.




Nacida en 1928, Pilar Prades Santamaría era la hija de un matrimonio humilde de Bejís (Castellón). A los 12 años abandonó su pueblo para emigrar a Valencia en busca de mayores oportunidades y poder trabajar como sirvienta, dejando atrás una infancia desgraciada y una niñez sin muñecas. Eran los difíciles años en que España salía de una posguerra de penurias, pero quién iba a poder imaginar que acabaría siendo la última mujer ejecutada en España por el garrote vil, un cruel método y famoso verdugo del régimen franquista.

Pilar era una mujer introvertida, analfabeta, de gesto duro y poco agraciada. En 1954, cumplidos ya los 26 años, finalmente encontró trabajo y hogar en la casa de la familia Vilanova-Pascual, los cuales tenían una tocinería en la calle de Sagunto. Pilar admiraba los ademanes y las formas de su señora Adela, una corpulenta y preciosa mujer. Sin duda, su momento más feliz era cuando le pedían que ayudara a despachar porque la tienda estaba a rebosar de clientes.

Pasado un tiempo, Adela empezó a ponerse enferma y a tener dolores muy fuertes de estómago. Los médicos que la atendían no entendían qué le estaba pasando: vómitos, pérdida de peso, debilidad muscular… Su estado fue cada vez de mal en peor hasta que un día no pudo levantarse. Pilar, como buena sirvienta, se ocupaba de cuidarla y le preparaba caldos y tisanas, a la vez que ayudaba a Enrique, el marido de Adela, a despachar en la tocinería. Finalmente y tras varios días de constante agonía, Adela falleció a causa de lo que habían determinado como una pancreatitis. El mismo día de su entierro, al volver el viudo Enrique a la tienda, se encontró detrás del mostrador a una sonriente Pilar preparada para atender con el delantal puesto. Enrique, asombrado y sin dar ninguna explicación, despidió a Pilar.

Pilar, sintiendo el rechazo que su persona provocaba, sin recibir jamás un mimo o una palabra cariñosa, parte a la deriva hasta conocer a otra chica de servir, Aurelia Sanz Hernández. Su nueva amiga consigue que la contraten como doncella en la casa donde ella misma trabajaba como cocinera para el matrimonio del doctor Manuel Berenguer y su esposa, Mª del Carmen Cid.

La vida sigue su cauce natural, hasta que un día paseando las dos amigas por la playa de la Malvarrosa conocen a un chico del que ambas se enamoran pero se decanta por demostrar su interés por Aurelia. La pareja empieza a salir y Pilar, desesperada y dominada por los celos, decide volver a atacar. A las pocas semanas, Aurelia cae enferma y progresivamente ve cómo su cuerpo se paraliza sin motivo aparente, como sucedió con su antigua señora. El doctor Berenguer decide ingresarla en un hospital donde, casualidades de la vida, Aurelia mejora notablemente. Al poco tiempo, la dueña de la casa, Mª del Carmen, también cae enferma con los mismos síntomas. El doctor comienza a sospechar y, queriendo descartar la teoría de que ambas mujeres estén siendo envenenadas, decide hacer la prueba del propatiol. La prueba consiste en un inyectable que permite descubrir la presencia de un tóxico sin necesidad de realizar un análisis. El resultado: positivo en arsénico en ambas mujeres.

Este hecho empuja al doctor Berenguer a pedir referencias de su joven doncella y se pone en contacto con el viudo Enrique Vilanova. Al conocer lo sucedido con la anterior dueña de la casa muerta, el doctor decide presentar una denuncia en la comisaría de Ruzafa. El cadáver de Adela es exhumado para comprobar si también había sido envenenada y, ¡sorpresa!, su cadáver aparece en pleno proceso de momificación, siendo prueba y causa inequívoca de que ese estado se debe a la presencia de una sustancia química. Ante tales evidencias, la policía detiene a Pilar, registra su habitación y halla el arma del crimen utilizada en los tres casos: un veneno conocido como Diluvión, una sustancia de espesa consistencia y sabor dulzón, un matahormigas que se podía adquirir en cualquier droguería.

La policía la somete a un duro y prolongado interrogatorio de 36 horas sin descanso, con aspirinas como único alimento, pero Pilar se niega a reconocer los hechos. Lo único que confesó fue haber servido una infusión a su primera señora con un poco de aquel líquido dulce, sin saber bien lo que era a causa de su analfabetismo, y porque se le había acabado el azúcar. Durante el juicio Pilar, en contra de los consejos de su abogado, se declara inocente hasta el final. Finalmente, fue condenada a muerte por el asesinato de doña Adela y a dos penas de 20 años por los otros dos homicidios frustrados. Si hubiera confesado su culpabilidad, la joven doncella hubiera sido condenada de 12 a 16 años de prisión.

El 9 de noviembre de 1957, el tribunal encargado de dictar el fallo, condena a Pilar a la pena capital. El Tribunal Supremo confirma la sentencia y el Consejo de Ministros firma el enterado. Todos los recursos se agotan y las peticiones de clemencia resultan en vano. Lo único que cabía esperar era el indulto por parte del Jefe del Estado, y realmente había posibilidades de que se lo concedieran, ya que desde hacía 10 años que no se ejecutaba a una mujer en España y durante aquellos años varias envenenadoras habían visto conmutada la pena capital.  Desgraciadamente, Pilar no corre la misma suerte y la ejecución de pena de muerte por el método del garrote vil – por estrangulamiento o ‘partir el cuello’- ha de cumplirse.

El 19 de mayo de 1959, Antonio López Guerra, el verdugo, se presenta en la prisión de Valencia y cuando le comunican que ha de ejecutar a una mujer joven, se niega rotundamente a hacerlo. "Una de las primeras condiciones que se debían poner al entrar en este destino es la de no tener que ejecutar nunca a una mujer. Ejecutar a una mujer es peor que ejecutar a treinta hombres. Tener que hacerlo con una mujer es lo más duro, y más con una muchacha joven de carnes tan blancas como aquélla", le confesó años después el verdugo al escritor Daniel Sueiro, según relata el periódico El País.

Después de ocho largas horas de preparación, una botella de coñac y la fuerza pública obligan a un verdugo a hacer su trabajo y lo llevan a rastras hasta el patíbulo junto a una condenada que aún gritaba pidiendo clemencia. Finalmente, la sentencia es ejecutada: Una vuelta y media de manivela son suficientes para romperle el cuello y acabar con la vida de aquella joven doncella de 31 años, la última mujer ejecutada por este método en España.

Lo que Pilar tampoco sabía es que sería musa en la vida y en la muerte. Su vida inspiró un serial radiofónico en Argentina titulado “La galleguita de cara sucia”, un tremendo éxito de audiencia, y la ejecución que llevó a cabo su muerte, inspiró al famoso director de cine español, Luis García Berlanga, para rodar su obra maestra del cine, “El verdugo”.

o   Bibliografía:
ALÓS, V. (2008) “Pilar Prades, la envenenadora de Valencia”. La Crónica Negra. Disponible en: http://lacronicanegra.blogspot.com.es/2008/10/pilar-prades-la-envenadora-de-valencia.html
COSTA, P. (2009). “Garrote vil para la envenenadora”. El País. Disponible en: http://elpais.com/diario/2009/07/05/eps/1246775210_850215.html
HERNÁNDEZ, J.A.; HERNÁNDEZ, M. (2014) “Asesinas en serie. Las más crueles de la historia”. One Magazine, 13, 32-37.

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