Derecho a la violencia

Por Vicente Garrido (España)
Destacado: “una forma esencial de prevenir la violencia cometida en nombre de credos e ideologías es alterando el apoyo social que estos tienen entre la población”.
La ejecución del piloto jordano, quemado vivo en una jaula, a manos del Estado Islámico, pone de relieve algo que muchas veces pasa inadvertido: que la mayor parte de la violencia del mundo, y particularmente aquella que moviliza a mayor número de personas en conflictos de intereses o nacionales o guerras, es llevada a cabo por gente que se siente con el deber moral de actuar de este modo. Esto puede parecer sorprendente, o incluso absurdo, pero una reflexión serena de la dinámica criminal de las acciones, así como de las creencias que se esgrimen por sus perpetradores, apuntan a la veracidad de este hecho.

Así, los terroristas, genocidas, los que mutilan a las niñas al nacer, los que emprenden guerras sin ser atacados, los que matan por razones de ‘honor’, y un etcétera muy largo, sienten y creen que deben actuar de este modo; que, dentro de su concepción de sociedad y de las relaciones que se establecen en ella, su proceder resulta del todo justificado. Como es lógico, no es necesario que se compare el asesino con toda la sociedad; basta con que se identifique con un grupo más o menos numeroso para sentir que está haciendo lo correcto.
Piense el lector en los dos españoles que aparecieron hace unos días en las noticias, asegurando que no podían estar impasibles ante lo que estaba sucediendo en la guerra contra el Estado Islámico; por ello aprovechaban la ocasión para hacer pública su lucha, porque ante sus ojos es una lucha justa y necesaria, y ahí deben estar. Lo mismo sucedía en los tiempos de la esclavitud; cuando los estados sureños se opusieron ferozmente a la conquista de los derechos civiles de los norteamericanos negros en los años 60 del pasado siglo, estaban luchando por algo en lo que creían fervientemente, y sentían que moralmente debían de oponerse ante unas leyes civiles igualitarias que consideraban peligrosas y profundamente equivocadas.
La conclusión de lo anterior es que una forma esencial de prevenir la violencia cometida en nombre de credos e ideologías es alterando el apoyo social que estos tienen entre la población. Los psicópatas son amorales, y matan siguiendo su único interés. Pero la inmensa mayoría de los terroristas, mafiosos, genocidas y otros grupos semejantes se sienten con el derecho de hacer lo que hacen porque lo consideran justo y razonable. ETA empezó a morir cuando los ciudadanos que la apoyaban o ‘comprendían’ dejaron de pensar que seguir matando tenía una justificación. Hoy el terrorismo islámico tiene muchos jaleadores. Sólo cuando el grito contra la violencia es insistente y unánime en el entorno en el que uno crece y adquiere su identidad, se puede aspirar a extirpar las ideas homicidas de los que aspiran a encontrar su destino en la vida matando.



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