Criminología, ¿al servicio de la sociedad?


Por Carlota Barrios Vallejo

Uno de los postulados que tienen en común la Escuela Cartográfica y la Escuela de Chicago, es que el crimen es un fenómeno social.

Allá donde haya una estructura social básica habrá problemas sociales, que bajo determinadas circunstancias pueden traducirse en criminalidad.

La ciencia criminológica trate de estudiar de manera objetiva el crimen como un fenómeno social, como una cuestión de masas, o como un rompecabezas inherente al ser humano; pero conviene recordar que la Criminología no deja de ser una ciencia hecha por y para las personas, que es una integrante de la sociedad al igual que cualquier otra disciplina, y que por lo tanto, no se encuentra fuera de la misma, en un limbo desde el cual puede observar y estudiar la criminalidad de una manera completamente desapegada.


Por otro lado, se clasifica a esta disciplina como ciencia social, pero cabe preguntarse si dicha definición reduce sus funciones a estudiar las diferentes manifestaciones de la sociedad en relación con su actividad criminal -en este caso, centrándose en el crimen, el criminal, la víctima y el control social-, pero sin inmiscuirse demasiado directamente con las personas, o dicho de otra forma: la Criminología observa, analiza, trata de explicar y de interferir en la problemática de la criminalidad, pero, ¿la convierte este hecho en una ciencia al servicio de la sociedad?

Un símil parecido puede observarse en el ámbito tecnológico: se nos vende la idea de que la ciencia, por medio de la tecnología, está aquí para crear un mundo mejor, más cómodo, o más seguro para la humanidad.
La realidad es que nos encontramos con científicos a los que grandes corporaciones utilizan a su antojo, limitando sus capacidades y su creatividad para crear tecnología con fecha de caducidad, fenómeno que se conoce como obsolescencia programada.

Asimismo, es evidente que las mejoras tecnológicas y científicas a las que estamos acostumbrados en los países desarrollados, no llegan a todo el mundo, y que las formidables inversiones que se hacen en campos como la exploración espacial, las prospecciones petrolíferas, o la guerra moderna, están financiadas por grandes empresas con muchos intereses, entre los cuales no figura el de usar la ciencia en beneficio de la humanidad.

A modo de ejemplo, se estima que la inversión en el material armamentístico que destruyó Alemania e Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, podría haber proveído de una vivienda digna a cada ciudadano del planeta.

Volviendo al tema principal, y teniendo en cuenta que somos personas antes que criminólogos, quizá sea buena idea cuestionarnos de qué adolecemos, cuáles son nuestros verdaderos intereses, o a favor de quién estamos, pues en un principio nada nos hace diferentes del resto de individuos; nuestra formación criminológica no necesariamente provee de una ética, un saber hacer desinteresado, o un conocimiento que nos haga superiores en ningún aspecto humano.
Seguimos adoleciendo de determinadas virtudes o capacidades, continuamos repitiendo vicios y errores, y sobretodo, permanecemos condicionados por nuestro ambiente, al igual que los criminales a los que a veces estudiamos como si fueran seres de otro planeta.

No es ningún crimen estudiar o interesarse por un tema que no esté en boga o que la sociedad desconozca por completo, y de hecho, es muy necesario, pero también hay que ser prudentes para no caer en la superioridad de creer saber siempre lo que es bueno para la sociedad.

Si no se escuchan los miedos de la gente, si no se atiende a sus preocupaciones, por irrelevantes que nos puedan parecernos a veces como profesionales, corremos el riesgo de caer en un cientificismo alejado de la realidad, en una espiral de vanidad, o en una Criminología que no está en absoluto al servicio de la sociedad, sino que está para servir al ego y al interés de unos pocos.

Si llega el día en que la ciencia criminológica ya no esté aquí para abordar la función de prevenir y reducir la criminalidad, o en definitiva, mejorar la sociedad en la que vivimos, dejará de tener sentido.
¿Quién querrá otra ciencia que no se ocupa de los problemas reales de las personas?

Tampoco conviene verse abrumado por las circunstancias aquí expuestas e investigar sólo aquello que directa o indirectamente demanda la sociedad, pero sí parece importante que una parte de nuestras investigaciones vayan encaminadas a responder a inquietudes y cuestiones que preocupan a la gente, por el simple hecho de no perdernos en el limbo como profesionales, y de no desconectarnos del papel que debería tener la Criminología dentro de la sociedad, porque ésta es la que nos va a rechazar, a ignorar o a cobijar, y sólo de nosotros depende el demostrarle que somos útiles y necesarios, que somos cercanos y que estamos dispuestos a escuchar.

Los científicos que acaban olvidando que su labor pasa por beneficiar a la sociedad, terminan sirviendo a unos intereses privados -muchas veces irrelevantes para mejorar la vida de las personas-, movidos por el egoísmo y la ganancia personal, cuando no siendo esclavos de un sistema corrupto totalmente alejado de la normalidad y casi de la existencia humana.  

¿A quién va a servir la Criminología? ¿Cómo se va a mantener el contacto con la realidad? ¿De qué manera se va a mejorar la sociedad si no es atendiendo directamente a las personas?
Son preguntas que conviene hacerse constantemente para trazar un camino que haga de esta disciplina no sólo una ciencia social, sino una ciencia humana, para que no se convierta en una materia sociopática que se crea superior y se aleje de las calles y los hogares, donde están los verdaderos problemas a los que tenemos que dar explicación y solución.

Es por eso que también resulta muy importante confeccionar y seguir un código deontológico que establezca unas bases para la buena práctica criminológica y garantice una ética profesional, que demos el mejor ejemplo posible a nuestros compañeros y que nos mostremos respetuosos, humildes y cercanos con las personas.
Por desgracia hay muchos ejemplos de particulares, colectivos e incluso sociedades enteras que sienten reticencia, desconfianza e incluso miedo a la hora de comunicarse y colaborar activamente con sus agentes de policía. Esto depende en gran medida del país del que hablemos, de su sistema político y económico, y del grado de militarización de su policía, pero en definitiva, no es raro encontrar falta de entendimiento y cercanía entre policías y cuidadanos.

Este es sólo un ejemplo más para intentar exponer la idea de que el criminólogo no puede permitirse el lujo de convertirse en una autoridad imponente a la que el ciudadano de a pie siente que no puede acercarse porque le resulta amenazadora. Si vamos a trabajar estudiando un fenómeno social, no podemos levantar un muro entre nuestra labor científica y la ciudadanía, que en última instancia va a interesarse y a juzgar nuestro trabajo en función de la utilidad real y el impacto que tenga para la vida de las personas que la integran.

El Criminólogo tiene la capacidad de traducir su actividad en multitud de facetas útiles, y puede ser desde la entidad conciliadora entre policías y ciudadanos, hasta el “científico amable” que está al pié del cañón, que escucha a la gente y trabaja para ella, el profesional que se adapta a las necesidades concretas que exige cada momento, lugar o situación.
Al final, esas son las características que las personas consideran útiles en un científico, porque la ciencia puede aportar a nuestras vidas mucho más que comodidad y funcionalidad.

A colación de esto último se puede citar a Einstein, que se dijo con mucho acierto, “¿por qué esta magnífica tecnología científica, que ahorra trabajo y nos hace la vida mas fácil, nos aporta tan poca felicidad? La repuesta es está, simplemente: porque aún no hemos aprendido a usarla con tino”.

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