MILGRAM Y LA OBEDIENCIA DEBIDA A LA AUTORIDAD: ¿TORTURARÍAS POR UNA ORDEN?


Por VERÓNICA CALVO UZCUDUN. LIC. EN DERECHO Y LIC. EN CRIMINOLOGÍA

A día de hoy parece claro que la obediencia a la autoridad no puede servir para que eludamos la responsabilidad por nuestros actos y que una orden ilegal no debe ni puede ser acatada sólo porque sea emitida por un superior.. ¿realmente está claro?.. como concepto y en frio, parece que sí, pero a día de hoy siguen dándose casos en los que tanto la presión grupal como la obediencia a la autoridad parecen empujar al individuo a actuar en contra de sus principios más básicos y no sólo principios morales, sino incluso cometiendo graves delitos. Pero ¿por qué? .

En 1961 Stanley Milgram, profesor de la Universidad de Yale, realizó una serie de  experimentos para tratar de explicar el nivel de obediencia a la autoridad de una persona cuando ésta entra en conflicto con sus valores morales y humanos.

Los experimentos comienzan tres meses después de que Adolf Eichmann teniente coronel de las SS nazis y uno de los responsables directos de la solución final fuera juzgado y sentenciado a muerte por crímenes contra la humanidad. Se trataba de encontrar una explicación ante la barbarie nazi, porque no se podía entender cómo se llevaron a cabo semejantes actos amparándose en la obediencia debida al superior.

Los resultados del experimento fueron poco menos que increíbles e inesperados, hasta el punto de conmocionar tanto a la comunidad científica como al público en general, llegando a convertirse en uno de los experimentos más famosos dentro del campo de la Psicología Social. Milgram publicó en 1974  Obedience to Authority: an experimental view, donde expuso con detalle la realización del experimento y las conclusiones obtenidas con él: hasta el 62% de los sujetos del experimento aplicarían una ¨descarga final “  de 450 voltios al sujeto de estudio, a pesar de su sufrimiento, sólo porque se lo ordenaba la autoridad.

Escogieron a 40 sujetos de entre los que respondieron al anuncio y les explicaron que participarían en un experimento sobre la memoria y el aprendizaje. A través de un sorteo amañado, se le asignaba el rol de maestro a los voluntarios y el de aprendiz al actor, aliado de los investigadores. El participante podía ver cómo el experimentador situaba al aprendiz en una sala contigua, en una silla y le colocaba unos electrodos. A partir de ahí podrían escucharse, pero no verse. Se les explicaba que el experimento se basaría en estudiar el aprendizaje bajo castigo y presión, que habría de leerle una serie de palabras a través de  un interfono, que el aprendiz debía memorizar y si no lo hacía, debía suministrarle una descarga.

Pero el experimento de Milgram no era sobre el aprendizaje bajo presión, como habían comunicado a los participantes, sino que pretendía responder a una pregunta: ¿Cuánto tiempo puede una persona seguir provocando descargas a otra si se le dice que lo haga, aun cuando piensa  que le puede estar causando heridas graves?. El resultado fue absolutamente inesperado.

Evidentemente el aprendiz no recibía descargas, pero este dato no lo conocía el maestro, que al aplicarlas escuchaba un audio grabado previamente en el que el actor iba quejándose cada vez más, puesto que a medida que fallaba, las descargas iban incrementando su intensidad en 15 voltios.

El maestro empieza a escuchar sus quejas a partir de los 75 voltios. Cuando duda en aplicar la descarga el experimentador le va empujando a continuar. A los 120 voltios el alumno grita quejándose de que las descargas son dolorosas. A los 135 se escuchan alaridos de dolor. A los 150 dice que se niega a continuar. A los 180 grita diciendo que no puede soportarlo. A los 270 su grito es de agonía, dice que tiene problemas cardíacos, y a partir de los 300 voltios comienzan los estertores, ya no responde a las preguntas y finalmente no se le escucha.

Cuando el maestro hacía amago de no querer continuar, el experimentador, que estaba a su lado, le conminaba a seguir con las siguientes frases: "Continúe, por favor", "Siga, por favor", "El experimento necesita que usted siga", "Es absolutamente esencial que continúe ", "No tiene otra opción, debe continuar" e incluso, cuando los maestros le preguntaban que quien iba a ser el responsable de lo que estaba sucediendo, el experimentador se hacía cargo diciendo que él era el responsable.

Pues bien, los 40 sujetos obedecieron hasta los 300 voltios y el 62% de los sujetos siguieron proporcionando descargas hasta llegar al nivel máximo de 450 voltios, a pesar de que a partir de los 300 el sujeto ya no respondía a la descarga, sugiriendo que había perdido la capacidad para hacerlo y no daba señales de vida.

Antes de llevar a cabo el experimento, los científicos auguraban que sólo entre el 1 y el 3% de los sujetos del experimento presentarían una conducta suficientemente sádica como para continuarían con el experimento hasta los 450 voltios. ¿Eran todos los participantes sádicos? Por su conducta hemos de responder que no, puesto que a lo largo del experimento se iban preocupando cada vez más, se asustaban por el modo en que estaba derivando la situación, algunos querían abandonar el experimento, mostraban un alto nivel de estrés y ansiedad y se aliviaban cuando se les contaba al final que en realidad no habían hecho daño a nadie. ¿Pero entonces, qué es lo que justificaba semejante comportamiento en personas normales? En palabras de Milgram, “la extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio”.


Intervenían, además de la obediencia debida, otros factores, como el de la autoridad legítima, el traslado de responsabilidad hacia el superior, el mecanismo psicológico de que el aprendiz lo merecía  (del todo preocupante, pero fue lo que respondieron algunos sujetos del experimento al terminar). Aunque el experimento de Milgram fuera también muy criticado por la falta de ética en la investigación psicológica debido al engaño a los participantes y a colocarlos en semejante situación y de ahí surgiera la necesidad de introducir el consentimiento informado, lo cierto es que nos mostró cómo y porqué personas normales, colocadas en situaciones de presión psicológica, bajo las ordenes de una autoridad que aceptamos como legítima podemos llegar a actuar de forma tan cruel. Y de aquí surge una interesante pregunta: ¿Qué crees que harías tú?

No hay comentarios:

También te puede interesar