DELINCUENTES. ¿QUIÉNES SON? (primera parte de tres)



Por Osvaldo A. Cuello Videla

Durante siglos antropólogos, criminólogos y psicólogos, incluso filósofos, han tratado de encasillar en una clasificación a los delincuentes. Hay tantas propuestas como autores han intentado delinear un perfil de los criminales.

Desde siempre, el debate permanente de la Criminología es si el delincuente violento constituye un tipo especial de criminal. Los autores siempre han tratado de hallar una taxonomía que encasille los distintos tipos de delincuentes. Incluso en épocas de Platón y Aristóteles, una descripción de la personalidad y características de aquellos que se apartaban de las elementales normas de convivencia, fue objeto de ensayos por encontrar una tipología de persona que permita identificar y pronosticar el comportamiento delictivo.

Es evidente que intentar una clasificación ha sido y es una de las más difíciles propuestas para los criminólogos de todos los tiempos. Criterios antropológicos, biológicos, sociológicos, psicológicos incluso espirituales han irrumpido en el mundo científico para poder encasillar un tipo en particular de delincuente, en una categorización que permita el ordenamiento y sistematización para saber quiénes son los delincuentes.

Los fines principales que han animado esta tarea han sido también diversos en general, pero podrían agruparse en dos grandes criterios clasificatorios: La prevención y la predicción de la conducta criminal. Este último de suma importancia desde el punto de vista social.

Desconocer la personalidad del delincuente puede significar poner en libertad un sujeto peligroso y devolverlo a la sociedad como un individuo adaptable.

Desde César Lombroso, Enrico Ferri, Rafael Garófalo, pasando por el criminólogo argentino José Ingenieros; uno de los pioneros de la Criminología en nuestro país; han sido diversos los criterios y variados los autores que han intentado llevar a cabo esta tarea. El profesor paulista Veiga de Carvalho, en su obra “Os criminosos e suas classes” escrita en 1941 recopiló más de cincuenta clasificaciones y hasta el presente el número de ellas ha crecido enormemente.
Esta disposición por clasificar a los hombres data desde tiempo de los filósofos griegos, Empédocles (Tildado por unos como un charlatán y por otros como un héroe legendario)  sostenía que cada hombre va acompañado de un “genio bueno y otro malo”.

Hipócrates aseguraba que la alteración del cerebro se originaba de la flema en cuyo caso los locos eran tranquilos, pero si se originaba de la bilis eran sujetos malvados y predispuestos a realizar actos de cualquier tipo nocivos para los demás, caracterizando así la teoría Lombrosiana del “criminal nato”. Hipócrates sostenía que todo vicio era fruto de la locura.

En Atenas, Platón afirmaba que para que haya un hombre bueno tiene que existir primero “la idea de bien” y la idea de hombre. Consideraba que el hombre normal era aquel que era susceptible de entender la noción de lo justo, mientras que el anormal era aquel que no podía llegar a esa comprensión, para quienes la vida en sociedad era un imposible. El hombre normal basaba sus acciones en la razón, mientras que en el anormal era una integridad entre la razón y las emociones a las cuales el ser sucumbía. Platón asegura que la maldad era una enfermedad, deformidad y debilidad fruto de la mala disposición del cuerpo y una educación descuidada.

Aristóteles consideraba que la pobreza era un factor influyente en la criminalidad, proponiendo que lo superfluo, lo innecesario y las pasiones llevan al virtuoso a cometer delitos. En su Retórica también sostiene que era característico de los delincuentes la asimetría facial, la deformidad de las manos y los ojos hundidos, similitudes que se observaban también en los monos.

Estas ideas fueron seguidas también por Galeno, Cicerón y Séneca. Este último señalaba que “El hombre lujurioso puede ser conocido por el andar, por su porte, por su aspecto todo y por el movimiento de las manos...” (Epístola II).

Incluso algunos teólogos hacen referencia a las características de la delincuencia. Así podemos decir que San Ambrosio afirma que “la mente se conoce en el acto del cuerpo por el que se expresa el corazón de los hombres”.  San Jerónimo de Estridón decía que “la cara es el espejo del alma y que los ojos, aun cuando callan, confiesan los secretos del corazón”. Santo Tomas, expresó que “Los órganos corporales exteriorizan el aspecto sensitivo y que las virtudes dependen no sólo de la potencia del alma sino también de las disposición del cuerpo...”

Francisco Eximenes, sostenía que “...las personas de cabeza puntiaguda tenían gran malicia, poca firmeza y poco seso; que los de ojos torcidos son agudos en maldad, puntillosos y altaneros; que las orejas grandes revelan grosería y maldad brutal; la nariz aplastada y torcida, poco valor, estabilidad y cortesía malévola; la boca grande pondría de manifiesto a los desvergonzados y groseros en el hablar...”

Dos siglos después, renace la fisiognomía, con la obra de Della Porta “Fisiognómica”. Siguiendo a este autor en España dos estudiosos de la doctrina fisiognomista, Jerónimo Cortes con su obra “Phisonomía y varios secretos de la Naturaleza” y Esteban Pejasol publican trabajos independientes donde el primero de ellos expresan que en la fisonomía se conoce la buena o mala complexión, la virtud y el vicio del hombre por la parte que es animal.

No obstante, la necesidad de una verdadera clasificación se hizo evidente a partir de Lombroso quien revoluciona la ciencia del Derecho Penal al reunir todos los delincuentes en categorías que contraponían los normales a los involutivos.

César Lombroso trató con enfermos mentales y realizó una serie de notas importantes, tratando de diferenciar a éstos de los criminales y se dispone a elaborar aquello que luego llamaría Antropología Criminal. En 1876 publica su “Tratado Antropológico Experimental del Hombre Delincuente”  en el cual considera que el delincuente no es un humano común sino que por sus característicos rasgos morfológicos y psíquicos constituye un tipo especial por ciertas deformidades craneales, escaso desarrollo de la parte frontal, lo que aparentemente le daban como característica cierta insensibilidad moral, falta de remordimientos y una gran impulsividad, lo que denominó “El Delincuente Nato” y cuyos principales rasgos le permitieron elaborar la siguiente clasificación: a) Delincuente loco moral (cuya descripción se asimila mucho al psicópata, y lo califica de astuto, antipático e inteligente); b) El delincuente epiléptico; c) El delincuente Loco (distingue entre el loco delincuente que es un enfermo demente y el delincuente loco que es el que enferma en prisión) aquí distingue a los alcohólicos, histéricos y los mattoide, d) Delincuentes pasionales; e) Delincuente ocasional (entre los que distingue a los pseudo criminales, criminaloides y habituales).

Completa luego esta clasificación Enrico Ferri, quien no obstante hace un gran avance en la Criminología moderna por cuanto incorpora los factores sociales y afirma que a cada delincuente le corresponde una pena distinta según su “peligrosidad”. Ferri clasifica los delincuentes en: a) nato (indiferentes a las elementales nociones de moral y tendientes o proclives al crimen por naturaleza); b) El delincuente loco (donde el delito es un episodio de su enfermedad o una consecuencia de ella); c) El delincuente habitual (individuos que influenciados por el medio y debido a una particular debilidad a las barreras morales incursionan en el delito); d) El delincuente ocasional (que se corresponde al actual delincuente común); e) El delincuente pasional (aquel que es movido por su sensibilidad acompañada de una reacción furiosa que luego motiva su autoeliminación o su entrega).

Fue el psiquiatra italiano Virgilio, quien en su ensayo “Passanante o La Natura Morbosa del Delitto” ensayó una clasificación que luego en la obra de Enrico Ferri adquirió mayor relevancia criminológica.

Este autor hacía la distinción entre a) Los criminales de raza o delincuentes verdaderos, o delincuentes orgánicos; b) Los accidentales u ocasionales; c) Los delincuentes de costumbre (que llegan por costumbre o causas mesológicas, que actúan sobre una personalidad no dispuesta a la criminalidad) y d) Los delincuentes locos.

Rafael Garófalo frente a la tendencia antropológica de Lombroso y la sociológica de Ferri, elabora una moderna teoría de concepción dinámica-biológica-criminal donde define la “temebilidad” como la perversidad constante y activa del delincuente y lo que hay que esperar de él. Su clasificación enmarca a los a) Asesinos; b) Ladrones; c) Violentos y d) Cínicos (psicópatas sexuales, violadores y delincuentes sexuales en general).

También durante el siglo XIX aparece Luigi Ferrarese, quien elabora una doctrina bio-psíquica y asegura que el hombre delincuente es un sujeto “...con horribles vicios de inmoralidad, con gustos de extraña crueldad, con espantables caprichos de misantropías, con odio inveterado contra los hombres, que se traduce en hechos debidos a un instinto de ferocidad y sed de sangre...”
Ferrarese sostiene que hay afinidad entre las pasiones, el delito y la locura y que los delitos son el producto de factores individuales. Clasifica los delincuentes en: a) Con predominio instintivo, b) Con predominio racional, con reflexión y cálculo y c) Mixtos.

Por su parte Gabriel Tarde impone otro cambio radical en la Criminología al afirmar que “Lo importante no eran los caracteres morfológicos del delincuente, sino su psicología que los hace inadaptables y comparables a los demás...”; pero se llega a la inadaptabilidad por el habito, en la misma forma que se facilitan las reacciones impulsivas por la falta de desarrollo de la capacidad de convivencia social.

Este concepto de adaptabilidad, adquiere luego una preferente importancia en las clasificaciones que siguen sobre todo porque permite catalogar a aquellos delincuentes que están en condiciones de reincorporarse a la comunidad, y acuña principios fundamentales en los estudios criminológicos posteriores sobre los criminales.

Por su parte Viega de Carballo, clasifica cinco tipos de delincuentes, y los tipifica en: a) Mesocriminal puro; b) Mesocriminal preponderante; c) Mesobiocriminal; d) Biocriminal preponderante y e) Biocriminal puro. Carballo explica que en los tipos puros como el Mesocriminal opera la “influencia social externa” en tanto en los Biocriminales domina la “influencia de los factores personales” respectivamente.

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