LOS GALEOTES


Por  Fernando Alser Qualytel

Un galeote era un esclavo condenado a remar en las galeras,  una forma de condena privativa de libertad, considerada como la peor de todas las condenas en vida, solo seguida de la condena a perpetuidad en una oscura mazmorra y se aplicaba en las legislaciones de la Grecia antigua, Roma u otras civilizaciones mediterráneas de la antigüedad y especialmente en España, Italia, Rusia imperial y Francia. Fomentada por reinos y repúblicas mediterráneas y a veces apoyada por el Santo Oficio que destinaba a los condenados por herejías y otros motivos. En estos países persistió hasta el siglo XVII. Los galeotes eran por lo general, delincuentes que cumplían su condena, pero muchas veces eran enemigos capturados por haber luchado como soldado en el bando perdedor de un combate. Debido al esfuerzo requerido en este trabajo, era considerada estrictamente una pena masculina y no hay casos documentados de que se haya aplicado a mujeres. Cervantes dedica un capítulo en EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA al encuentro de Don Quijote con una cadena de hombres condenados a hacer galeras y tras interesarse por la causa de la condena de estos, les ruega a los guardianes de los galeotes que los liberen, los guardianes se oponen a los deseos de don Quijote y se enzarzan en una violenta discusión en la que los galeotes aprovechan para escapar: “Don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían hasta doce hombres a pie, ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos venían ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie: los de a caballo, con escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas; y que así como Sancho Panza los vido , dijo: -Esta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.[...] —Pues, desa manera —dijo su amo—, aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables. [...] Llegó en esto la cadena de los galeotes y don Quijote con muy corteses razones pidió a los que iban en su guarda fuesen servidos de informalle y decille la causa o causas porque llevaban aquella gente de aquella manera. [...] Tras todos estos venía un hombre de muy buen parecer, de edad de treinta años, sino que al mirar metía el un ojo en el otro un poco. Venía diferentemente atado que los demás. [...] Preguntó don Quijote que cómo iba aquel hombre con tantas prisiones más que los otros. Respondióle la guarda porque tenía aquel solo más delitos que todos los otros juntos. [...] —Va por diez años —replicó la guarda—, que es como muerte cevil. No se quiera saber más sino que este buen hombre es el famoso Ginés de Pasamonte, que por otro nombre llaman Ginesillo de Parapilla. —Señor comisario —dijo entonces el galeote—, váyase poco a poco y no andemos ahora a deslindar nombres y sobrenombres. Ginés me llamo, y no Ginesillo, y Pasamonte es mi alcurnia, y no Parapilla, como voacé dice y cada uno se dé una vuelta a la redonda, y no hará poco. —Hable con menos tono —replicó el comisario. —Bien parece —respondió el galeote— que va el hombre como Dios es servido, pero algún día sabrá alguno si me llamo Ginesillo de Parapilla o no. —Pues ¿no te llaman ansí, embustero? —dijo la guarda. —Sí llaman —respondió Ginés—, mas yo haré que no me lo llamen, o me las pelaría donde yo digo entre mis dientes. Señor caballero, si tiene algo que darnos, dénoslo ya y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber vidas ajenas y si la mía quiere saber, sepa que yo soy Ginés de Pasamonte, cuya vida está escrita por estos pulgares. —Dice verdad —dijo el comisario—, que él mesmo ha escrito su historia. [...] — ¿Y cómo se intitula el libro? —preguntó don Quijote. —La vida de Ginés de Pasamonte —respondió el mismo. — ¿Y está acabado? —preguntó don Quijote. — ¿Cómo puede estar acabado —respondió él—, si aún no está acabada mi vida? Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última vez me han echado en galeras. —Luego ¿otra vez habéis estado en ellas? —dijo don Quijote. —Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro años [...] —respondió Ginés. —Hábil pareces —dijo don Quijote. —Y desdichado —respondió Ginés—, porque siempre las desdichas persiguen al buen ingenio. [...] Volviéndose a todos los de la cadena, dijo don Quijote: De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto y que vais a ellas muy de mala gana y muy contra vuestra voluntad. [...] y por ello quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz [...] “¡Donosa majadería!—respondió el comisario—. Váyase vuestra merced, señor, norabuena su camino adelante y enderécese ese bacín que trae en la cabeza y no ande buscando tres pies al gato. — ¡Vois sois el gato y el rato y el bellaco! —respondió don Quijote. Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto, que, sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo malherido de una lanzada [...] y los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía de alcanzar libertad, no la procuraron romper la cadena donde venían ensartados”. Tras la extinción de la primera etapa de la escuadra de galeras en 1748, se ordenó que los reos que hubieran sido condenados a la pena de galeras fuesen destinados a los arsenales de Ferrol, Cádiz y Cartagena(España) de modo que la pena de arsenales vino a sustituir a la de galeras. Por la Real cédula de 16 de febrero de 1785 se restableció la pena de galeras y de nuevo se ordenó que se destinara a su servicio a los presos que lo mereciesen, pero por Real Orden de 30 de diciembre de 1803 se dispuso que nadie fuese condenado a galeras por no hallarse éstas en estado de servir. El reglamento provisional de 26 de septiembre de 1835, al clasificar las penas corporales, cita en el artículo once la pena de galeras, más no por esto puede deducirse que aún entonces estuviese en vigor, sino únicamente que el objeto de dicho artículo era enumerar todas las penas corporales ya estuvieran en uso o hubieran decaído en desuso.



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