EL SHOW DE LA MUERTE





”¿Acaso no sabemos que la destrucción gratuita y fanática está siempre en nuestro futuro como especie?”




No he querido ver los vídeos atroces de los periodistas estadounidenses decapitados por esos salvajes del Estado Islamista. Cuando escribo una novela o un ensayo sobre crímenes, hago un esfuerzo por crear algo que tenga un sentido (el lector juzgará si lo consigo), y en ambos casos es mostrar, en la literatura o en la realidad, cómo piensa y actúa un asesino. Pero en la ordalía genocida de estos desalmados no hay nada que explicar: sus actos les describen. Es fanatismo y odio, estupidez bruta y miseria espiritual; es, en una palabra, la negación de todo lo que la cultura ha labrado arduamente en los pocos cientos de años que alberga la civilización.

Estos crímenes, por otra parte, se crean en una mixtura con la sociedad de la información y el mundo globalizado: se hacen para ser vistos por todo el mundo, para infectar viralmente las emociones y la memoria de los millones de ciudadanos que los observan o que tienen conocimiento de ellos. Es la expansión del terror puro y duro y, a semejanza del cuidado diseño de los videojuegos, cuida la puesta en escena para captar el interés de los espectadores acostumbrados al espectáculo sensacional y novedoso, atraído como una mosca a la miel del crimen, repelido por él pero siempre susceptible ante la muerte, fascinado ante todo lo que nos lleva al más allá.

Hace unos días se publicó la noticia de que los neardenthales ya disponían de pensamiento simbólico, al catalogarse un dibujo labrado en roca de hace 40.000 años en una cueva de Marruecos como auténtico. Es una gran noticia: parece que la especie antecesora de la nuestra (el homo sapiens) era ‘más humano’ de lo que hasta ahora se creía. Pero este hecho sólo nos habla, quizás, de cuando comenzó a existir el sujeto con los atributos humanos propios de la Razón, como la imaginación; nada nos dice que ese proceso tenga un final, es decir, de si se alcanzará —o cuándo—el estado en el que el ser humano se comportará, definitivamente, como un ser racional de acuerdo a como universalmente entendemos esta idea.

Entonces, al contemplar esas acciones dantescas, es cuando me viene la duda: ¿Podrá triunfar la Razón algún día en un sentido planetario? ¿Acaso no sabemos que la destrucción gratuita y fanática está siempre con nosotros, como una posibilidad —dormida o activa, pero siempre real— de nuestro futuro como especie? Conmueve en ese califato del horror la afirmación de un pueblo —¡y de una religión!— a través de una orgía de sangre ornamentada con soflamas de conquista; la gente luce feliz con sus cabezas cortadas. Qué lejos quedan esos trazos en la roca de Marruecos, nada menos que 40.000 años; pero también qué cerca está el hombre que lo hizo del actual en muchos lugares de este mundo.

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