LA SUERTE


Por Vicente Garrido

“Estarían descansando, o preparando sus presentaciones, cuando un segundo después dejaron de existir”.

¿Qué es el azar, la suerte o el destino? Son palabras para designar, sencillamente, los acontecimientos que no podemos controlar, acerca de los cuales nada podemos hacer. Sin embargo, muchas personas creen que no existe la suerte o el futuro azaroso, sino que más bien “uno se crea su propia suerte”, y que las cosas que a uno le pasan por alguna razón tienen causas atribuibles al individuo.

Esta última explicación me parece sorprendente, sobre todo porque se obstina en ignorar los millones de ejemplos de cómo golpea la mala suerte, acerca de la cual nada se puede hacer. Esta semana en Alicante, se ha producido uno de los accidentes más atroces de este verano: un camión perdió el control y se abalanzó, como si volara, sobre una furgoneta que venía en sentido contrario. Imagínenselo: vas hablando, o pensando qué vas a hacer en las vacaciones, y de pronto ¡un camión te cae encima! LAS PROVINCIAS contó el resultado: “Finalmente (…) se extrajeron restos de ocho cadáveres, tres hombres, tres mujeres y dos menores de edad, de 6 y 7 años. Las pesquisas de la Guardia Civil permitieron determinar que todos los fallecidos en el brutal accidente eran de nacionalidad rumana y pertenecían a dos familias”.

Y, desde luego, el inconcebible derribo del avión de Malaysia Airlines, con 298 personas fallecidas, es otro caso demoledor. Muchos de ellos eran científicos dedicados a combatir la enfermedad del Sida que se dirigían a un congreso internacional; estarían descansando, o preparando sus presentaciones, qué se yo, cuando un segundo después dejaron de existir (en este caso la muerte fue generosa porque probablemente los pasajeros no tuvieron tiempo ni de sentir miedo; las víctimas de la furgoneta perecieron o por el impacto o carbonizadas). 

La cuestión está en distinguir dos tipos de “suertes”. Aquella de la que hablamos cuando decimos que “uno se crea su propia suerte” es, en realidad, un modo de señalar una verdad psicológica esencial: cuanto más invertimos en un determinado proyecto, más probabilidades existen de que nos encontremos en situaciones aparentemente fortuitas que nos beneficien. Se trata de un azar limitado, en cierto sentido condicionado por lo que nosotros hemos creado: si nos interesamos en un ámbito con intensidad aumentamos las opciones de que vivamos experiencias que sólo llegan a quienes conocen y pasan mucho tiempo cultivando dicho ámbito.

Por eso tiene sentido educar a nuestros hijos en el esfuerzo y la fatiga que entregamos a nuestros anhelos: las grandes satisfacciones están al alcance, generalmente, de los que ponen su entusiasmo al servicio de una causa. Pero esta verdad no es obstáculo para que reconozcamos la existencia de un futuro impredecible y ciego, que puede fulminarnos en un segundo. Una fragilidad que debería servir para que pensemos bien qué hacer con esa parte de la vida que sí depende de nosotros.


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