UNA HISTORIA DE VIOLENCIA


Por  Fernando Alser Qualytel. 
Nada en la naturaleza biológica justifica el dominio del hombre sobre la mujer. Ni en la construcción social tampoco. La educación de cada momento histórico transmite a las nuevas generaciones nuevos valores, y libera de estereotipos a las generaciones anteriores, donde las relaciones entre hombres y mujeres han estado marcadas por el dominio y la subordinación. Cuando lo femenino ha dejado de estar relegado a un segundo plano, dedicado a la crianza de los hijos y el cuidado del hogar, ha ganado protagonismo con su plena incorporación al mundo laboral, ocupando puestos de responsabilidad política. Desde esos puestos el control social de la mujer ha aumentado, y con sus decisiones ha transmitido otros valores. La cultura masculina sigue predominando a pesar de unas pocas leyes y un cambio de actitud de las nuevas generaciones. Todavía existen ejemplos de  una discriminación efectiva hacia las mujeres. Como en el orden laboral, cuando a la mujer se le paga con un salario menor, por idéntico trabajo al que realiza un hombre. O cuando se  exige  a la mujer un comportamiento público limitado a la buena reputación, como mecanismo para limitar el acceso de las mujeres a determinados lugares. También el lenguaje es ejemplo de estas limitaciones. Se niega el turno de palabra a una mujer y se quita importancia a los temas que busca enfocar. Una constante interrupción por parte del hombre cuando la mujer quiere hacer valer su voz en conversaciones privadas o en debates públicos. Asistimos a  tertulias de televisión o radio, donde observaremos este mecanismo: El tertuliano masculino levanta la voz viril para acallar la opinión de la mujer.  Esta es una parte de la  cultura masculina, que con el uso de la fuerza y la violencia, pretende una forma de ejercer el poder. Un poder físico y psicológico que implica la existencia de una persona que se encuentra  en una posición subordinada.  La mujer ha ocupado esa posición como una forma de relación con el hombre, sufriendo en algunos casos la violencia conyugal. Una violencia caracterizada por su carácter cíclico y por la intensidad creciente de estos episodios violentos. La sociedad moderna y avanzada de nuestro tiempo se pregunta  por qué algunas  mujeres del siglo XXI  soportan estas situaciones todavía, por qué no rompen con su agresor. Las situaciones de violencia no aparecen de modo brusco. Tienen una intensidad creciente. La génesis de la violencia surge de modo sutil y con forma de agresión psicológica. Se ataca la autoestima de la mujer, ignorando su presencia, sin prestarle atención y ridiculizando sus opiniones o iniciativas. La aceptación de estas conductas por parte de la víctima, dan paso a una violencia verbal, que reforzará la agresión psicológica: el agresor insulta y denigra  a la víctima. En esta fase se ha acumulado la tensión  y hay episodios de discusión constantes. Existe un  incremento constante de ansiedad  y hostilidad entre victimario y víctima. Se debilita la  autoestima de la víctima, que no percibe estas conductas como violentas. Se produce una explosión de  violencia en forma de empujones, bofetadas, violaciones o toda suerte de vejaciones, que irá en aumento. Con  mucha frecuencia, la muerte de la víctima es el final de una historia de violencia.


No hay comentarios:

También te puede interesar