ESE MAL COMPORTAMIENTO


Por Fernando Alser Qualytel.

Una patada, un mordisco, una bofetada, escupir... los niños reaccionan con estas conductas agresivas en muchas ocasiones. A veces se les escapan estos gestos de forma accidental y otras de forma sistemática. El entorno del niño es la familia, el colegio, el parque, o las reuniones familiares donde aparecen estos comportamientos: el niño pega cuando otro niño le quita un juguete; o pega a los padres cuando no responden a sus deseos o le privan de algo que quiere; o le pega a él un compañero de clase porque quiere sus pinturas y no se las deja...

Saber reaccionar ante ello es responsabilidad de los padres para erradicar y frenar este tipo de comportamientos. Con  tres o cuatro años, el niño pega como un recurso que ha aprendido de forma involuntaria de los amigos o de los propios padres. El pequeño entiende que ese gesto agresivo le reporta unos beneficios, es decir, cree que pegando va a conseguir lo que quiere. Si quiere el juguete de otro niño y comprueba que pegándole lo consigue, lo seguirá haciendo; si quiere captar la atención de los padres y constata que si les pega la tiene, aunque sea en forma de reprimenda, lo seguirá haciendo; si los padres le animan a responder pegando cuando otros le pegan, lo seguirá haciendo.

Solución es que si quiere el juguete de otro niño y le pega, evitaremos que lo consiga por ese medio, si le decimos que espere su turno o que nos lo pida a los padres; si nos pega a los padres, desviaremos su atención o responderemos con caricias y mimos. Si comprueba que llamándonos o enseñándonos sus juguetes consigue una mayor respuesta y más positiva que pegándonos, dejará de hacerlo; si otros niños le pegan, le diremos que es una conducta incorrecta e intentaremos razonar con ellos o alejarlos de la situación.

Las rabietas, escupir, dar patadas o un mordisco son conductas explosivas del niño que suelen desaparecer a partir de los cuatro años y medio. A esa edad los pequeños ya prefieren pedir ayuda a un adulto para resolver sus conflictos antes que pelearse. Los padres deben gestionar la agresividad infantil sin agresividad ni ansiedad, deben ser capaces de contextualizarla y de intentar comprender sus causas para reaccionar con inteligencia educativa. Si a partir de los cuatro años y medio, el niño sigue lanzando mordiscos y arañazos con frecuencia es conveniente consultar a un profesional. En edades más avanzadas, pegar puede ser una válvula de escape para canalizar la ira acumulada, ante una frustración que el niño no sabe resolver.


En la adolescencia, también se dan conductas agresivas cuando los niños perciben situaciones que creen que van a ser permanentes, y sienten que no disponen de recursos para cambiarlas. Por ejemplo, cuando piensan que nunca van a aprobar. En este caso, hay que identificar el origen de esa frustración y dotarle de recursos para afrontarlo.

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