Mendicidad: ¿la pobreza lleva a la delincuencia? (I) y (II)

Ana Quevedo
Periodista. Licenciada en Criminología y profesora de Lengua/Literatura e Historia de las Civilizaciones

Hace unos días recibía una nota de prensa de Cruz Roja Española. Leí su titular y me paralicé: Más de 760 millones de personas en todo el mundo no tienen acceso a agua potable. No tener acceso a agua potable provoca cada año más de 3 millones de muertes.

La mendicidad ha cambiado (por lo menos en España) Una joven, con una larga melena rubia. Ojos claros. Piel blanca. No más de 20 años. Con su guitarra colgada caminaba por las calles de Valencia en plenas Fallas. Observó su alrededor vio gente y paró en una zona repleta de bares. Sacó su guitarra y un pequeño bote. Y sin perder la sonrisa, se puso a cantar. Otros dos jóvenes, a escasos metros de ella, hacían un pequeño espectáculo. Lo terminaron y se acercaron a las mesas abarrotadas de otros jóvenes, de su misma edad. Una mujer, con sus más de 70 primaveras a la espalda iba mesa por mesa enseñando las pulseras que ella misma hacía. “Buenos días señorita, las hago yo. Sólo cuestan un euro”. Llevaba la misma chaqueta que mi madre. Me paralicé.

Una investigación del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud augura que las rentas reales de las familias seguirá debilitándose, aumentando el número de hogares con serias dificultades económicas. El informe de la agencia Eurostat [1](marzo 2014) señala que la mitad de los españoles vive con menos de 1.000 euros al mes y que el 40,5% de la población no se puede permitir afrontar gastos imprevistos. Si lo comparamos con otros países, quizá España sea un paraíso aunque el día a día de muchos españoles no es ningún paraíso

España es el país de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) dónde más han aumentado las desigualdades entre ricos y pobres. Un informe de Intermón Oxfam[2] revela que las 20 personas más ricas de España poseen una fortuna similar a los ingresos del 20% de la población más pobre. Si se comparan estos datos con el último informe de la ONG Save the Children es más que alarmante: el 33,8% de la población infantil de España está en riesgo de pobreza o de exclusión social. 2.826.549 niños. Muchos. España es el octavo país de la Unión con mayor tasa de pobreza infantil, después de Bulgaria, Rumanía, Hungría, Letonia, Grecia, Italia e Irlanda. Cifras frías, demasiado.

¿Qué es la pobreza? La pobreza es un fenómeno difícil de definir, en la medida en que, además de poseer una importante carga ética, presenta una naturaleza muy diversa y un carácter multidimensional. Precisamente, una de sus múltiples dimensiones es la económica [3]

¿Lleva la pobreza a la delincuencia? Sí, pero no que la pobreza sea la causa de la delincuencia. No hablamos de grupos criminales, ni de mafias, ni de organizaciones jerarquizadas cuando nos hacemos esta pregunta. Se trata de la pequeña delincuencia. La que se roba una lata de atún del súper o una camiseta de la tienda. Pongamos un ejemplo (ficticio pero real). Imagínense que usted tiene mujer/marido y dos hijos. Está a punto de ser desahuciado y se va a quedar sin casa. No tiene trabajo y tampoco prestación económica. ¿Cómo le da de comer a sus hijos? ¿No robaría para dar de comer a los suyos? ¿Usted no se metería esa lata de atún en su bolsillo? ¿No iría al campo a robar fruta? ¿No cogería una camiseta para que su hijo tenga ropa para vestirse? Esta es la pequeña delincuencia, la famélica (robos por necesidad) y que se han incrementado por cinco desde que comenzó la crisis en España. Es la otra cara de la delincuencia, que nada tiene que ver con los delitos de cuello Blanco o el crimen organizado y qué, sin embargo, en las estadísticas internas policiales preocupan y mucho. En muchos casos no se contabilizan ya que son los propios policías los que ayudan a los pobres o las víctimas de los robos (dueños de las tiendas o comercios) deciden no interponer las denuncias tras conocer las historias que se esconden detrás de estos robos famélicos.

Las personas sin recursos se han triplicado y las estadísticas oficiales de criminalidad reflejan que la delincuencia en España ha disminuido (descenso general de un 4,3% en 2013: 46,1 delitos y faltas por cada mil habitantes según las últimas cifras del Ministerio del Interior). Esta pobreza es la que empuja a las víctimas a convertirse en ladrones, a cruzar la línea de lo legal. ¿Recuerdan a Carlos García da Mata?[4]


Foto: Una mujer pide con su bebé en brazos (de apenas unos días de vida) en una de las calles más céntricas de Alicante.


[1] Statistical Office of the European Communities. Es la oficina estadística de la Comisión Europea
[2] Organización no gubernamental de cooperación para el desarrollo (ONGD) que centra sus actividades en ofrecer una respuesta integral al reto de la pobreza y la injusticia para que todos los seres humanos puedan ejercer plenamente sus derechos.
[3] El estudio de la pobreza en España desde una óptica económica: medición y políticas. Universidad de Málaga. Salvador Pérez M.

[4] Post: http://loquepasaporlamente.wordpress.com/2014/01/29/692/



Mendicidad: ¿la pobreza lleva a la delincuencia? (II)
Ana Quevedo
Periodista de Sucesos y Tribunales. Licenciada en Criminología y profesora de Lengua/Literatura e Historia de las Civilizaciones

Comienzo la segunda parte de este post con varios extractos de un post –La Vergüenza de los pobres- que escribí en diciembre de 2012. 

(I) “Cabizbajo. Sin poder enfrentarse a la mirada de la gente que iba depositando una moneda en un pequeño bote. Cabizbajo, con la mirada penetrante en un punto sin fin del suelo. Impotente de decir una palabra, de pedir limosna. Allí estaba ÉL, a las puertas de un supermercado. Bien vestido. Aparentemente sano. Un chico de mi edad. Un chico de mi generación. Una generación tildada, tristemente, como la ‘generación perdida’. Vergüenza de pedir. Vergüenza de verse en la calle. Vergüenza de depender de los demás para llevarse un trozo de pan a la boca (junto a ÉL, dos barras de pan que alguien le ha dado)”

Sentir vergüenza es un sentimiento que lleva a sentirse avergonzado de uno mismo, por lo que recae directamente a la autoestima, esencial en la vida humana. La vergüenza es una emoción secreta, escondida. ÉL ha tenido que convertir lo más íntimo en algo público. Se ha desnudado de la manera más cruel.

“Me paro, miro mi monedero y solo llevo un euro. Decido ir a casa y coger un trozo de torta de almendras que me ha dado mi hermana. Vuelvo al lugar y ya no estaba. Su vergüenza no ha podido más. ÉL me ha recordado a ELLA. Una anciana en otra puerta de un supermercado, en Valencia. Por las mañanas allí estaba y por las noches cuando regresaba del trabajo continuaba allí, aunque el supermercado ya estaba cerrado. ELLA se esperaba a que los trabajadores tirasen a un contenedor los productos caducados” 

“ELLOS no se conocen pero han terminado en un mismo sitio, en diferentes lugares geográficos. A los dos esta injusta sociedad les ha llevado a la misma situación. ELLA me recordaba a una abuela, a cualquiera de nuestras abuelas. ÉL me ha recordado a mi. A cualquiera de nosotros, a los de esa ‘generación perdida’. Los dos sentían vergüenza. Los dos estaban cabizbajos. De una historia a la otra han pasado tres años”.

(II) “Se llama José. Tiene 26 años, es sordo y huérfano. Hoy vuelve al mismo sitio, a la puerta de un supermercado a pedir limosna. Hoy ya no mira a un punto sin fin. Hoy ha sonreído.

Iba en el coche cuando lo he visto. He aparcado y me he acercado. Me he arrodillado para mirarle a los ojos y su primera reacción ha sido miedo, temor… Ha intentado protegerse con las manos, se ha echado para atrás. “Me llamo Ana y ¿tú?”, le he dicho. Tras unos segundos, ha empezado a gesticular con las manos. Pensaba que era extranjero, que no me entendía. Ha sido cuando su mano se ha dirigido al oído y entonces he comprendido que era sordo. Me ha recordado a mi padre. Mi padre es ciego.

Entonces he sacado de mi bolso mi almuerzo y le he dicho: “cómetelo”. Me ha mirado a los ojos y ha sonreído. Le he explicado que no llevaba dinero (es verdad) y hemos empezado a hablar como hemos podido. Él con señas y yo intentando vocalizar de la manera más lenta posible. Me miraba atentamente a los labios para entenderme. Mientras tanto la gente iba acercándose y depositaba alguna moneda en su tarro. Otros nos miraban con recelo. Hoy hace frío, mucho. José estaba temblando.

No ha sabido decirme en qué pueblo reside (…) Le he preguntado que por qué no está por las tardes, que llevaba varios días buscándolo. Viene en autobús, y los horarios no son compatibles. Le he dicho que si era alguien el que le dejaba ahí, pero insistía que “no”. Vive con compañeros en un piso de alquiler. Dudo que paguen ese alquiler. Entonces por señas me ha dicho que tenía 26 años, que no tenía madre ni padre. Que no tenía familia. Que no recibe ninguna ayuda. Sus manos siempre acaban en la boca, simulando que lo que quiere es comer.

Entonces ha empezado a sonreír. Le he acariciado varias veces en el hombro y le he deseado suerte. Una suerte que dudo que la tenga. Entonces ha empezado a sonreír. Me he alejado, y mientras caminaba me he girado y seguía allí, sentado a las puertas del supermercado pero ahora ya miraba al frente, ese punto perdido en el suelo había desaparecido. Ahora ya no sentía vergüenza. 

Si la pobreza se convierte en un hecho delictivo se podría englobar en los factores exógenos de la criminalidad, es decir a los externos y extraños a la naturaleza constitutiva del ser humano y que influyen, de forma variable, según las condiciones del medio y la capacidad de percepción del sujeto. Los factores endógenos (los internos) son los intrínsecos al sujeto, como los biológicos o psíquicos. Las teorías que tratan de explicar los factores causales de la criminalidad se resumen en dos tipos: biológicas y sociales. Las primeras sostienen que los factores están siempre en el individuo, terreno sobre el cual obra el ambiente; de tal modo que lo social sólo incidirá sobre la forma y frecuencia del delito. Mientras que las teorías sociológicas dan importancia absoluta a los factores externos o sociales y dan escaso valor a lo individual.

Foto: Realizada por el NYT tras hacer un reportaje sobre la crisis económica y la pobreza en España

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