NO ME PEGUES, NO ME GRITES


Por Fernando Alser Qualytel

La violencia implica siempre el uso de la fuerza. Es una forma de ejercer poder mediante el empleo de la fuerza  física o psicológica. Necesariamente implica la existencia de una persona que se encuentra en posición superior  respecto a otra. El uso de la fuerza  se convierte  aquí en una forma de relación y de conseguir los propios objetivos.

La violencia conyugal se caracteriza por dos factores: por su carácter cíclico y por la intensidad creciente. Muchas veces nos preguntamos por qué las mujeres soportan estas situaciones, por qué no rompen con el agresor. Las situaciones de violencia no aparecen de modo brusco. Tienen una intensidad creciente.

La génesis de la violencia surge de modo sutil y con forma de agresión psicológica. Se ataca la autoestima de la mujer, ignorando su presencia, sin prestarle atención y ridiculizando sus opiniones o iniciativas. La aceptación de estas conductas por parte de la víctima, dan paso a una violencia verbal, que reforzará la agresión psicológica: el agresor insulta y denigra  a la víctima.

En esta fase se ha acumulado la tensión  y hay episodios de discusión constantes: Existe un  incremento constante de ansiedad  y hostilidad entre victimario y víctima. Se debilita la  autoestima de la víctima, que no percibe estas conductas como violentas.

Al final, se producirá una explosión de  violencia en forma de empujones, bofetadas, violaciones o toda suerte de vejaciones, que irá en aumento.


Con demasiada frecuencia, la muerte de la víctima es el punto final a esta historia de violencia.

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