¿REEDUCAR O PRISIÓN?


Por  Ana Quevedo

Periodista de Sucesos y Tribunales. Licenciada en Criminología y profesora de Lengua/Literatura e Historia de las Civilizaciones

¿REEDUCAR O PRISIÓN? I 
¿Cómo podríamos reducir el 'personal' que habita en las cárceles? Desde un punto de vista utópico, sería casi sencillo: un trabajo y una casa, ambos dignos y como se recoge en la Constitución española. De este modo nadie necesitaría, o desearía, tener nada del otro. Pero ¿qué pasaría con los delitos más graves o los de sangre? No sería compatible aún teniendo las necesidades básicas cubiertas. Así que mejor pongamos los pies en la tierra y busquemos algunas de las posibles alternativas.

            Sin duda, hay que acatar el problema de la delincuencia desde la raíz. ¿Y cuál es esa raíz? La educación, pero no sólo en el círculo familiar. La escuela juega un papel muy importante. Unas recientes jornadas sobre violencia en las aulas concluyeron que la clave para disminuir la agresividad está en fomentar las relaciones positivas y en propiciar un entorno de apoyo al alumnado. Evitar los casos de 'desafección escolar' que generan inercia y abulia por parte del alumnado, así como la desmotivación del docente. Para superar todas estas variables es necesario adoptar disciplinas preventivas basadas en el trabajo colaborativo e implementación de las 'comunidades de aprendizaje'.

            No hay que echar mucho la vista atrás para observar grandes diferencias de cómo era antes y cómo es ahora. Una viñeta, publicada hace unos meses en un periódico, lo escenificaba realmente como es en la actualidad. Mientras que hace apenas una década, cuando el alumno llevaba malas notas a casa, la reacción de los progenitores era de castigo hacia su hijo. Ahora, la represalia es para los profesores. Los hijos están 'sobre-protegidos'. O las imágenes de una agresión a un profesor de un instituto alicantino que dieron la vuelta al mundo. El joven agredió al docente, mientras que el resto de compañeros grababan en sus teléfonos móviles la 'paliza'. Los padres del agresor, declararon ante la juez de la Fiscalía de Menores de Alicante que su hijo era una persona “buena”.

            El actual sistema familiar lleva a que los niños de hoy en día tengan, además de cosas materiales, la razón. Hablamos de familias de clase media-alta, donde el núcleo familiar (el padre y la madre) trabajan una media de 8 horas diarias cada uno (incluso mucho más). Los menores están en las aulas 7 horas, algunos tienen otras 2 horas de clases extraescolares. Sus padres están todo el día sin sus hijos y para 'recompensar' ese vacío les 'dan' todo lo que piden los pequeños. No vale un NO. Y no vale un 'no', porque los padres llegan cansados a sus casas, no quieren más problemas, no quieren escuchar llantos, riñas... La recompensa está enfocada al ámbito material, no al cariño, a la compañía, a la educación. Se sustituye la parte emocional, por la parte material.

       Es cierto que hay que trabajar para pagar la luz, el agua, el colegio… y más en los tiempos que corren en España. Vivimos en una sociedad extremadamente consumista. Es más importante tener 4 camisas, que dos; es más valioso que nuestros hijos tengan dos videoconsolas que una y así un largo etcétera.

            Es necesario un cambio. Más educación moral, más entrega, mayor esfuerzo desde todas las áreas, pero no sólo esfuerzo humano; el esfuerzo económico por parte de las Administraciones es esencial para la prevención. Lo que no es viable es que se pretenda reducir la mortalidad en las carreteras a causa de conductores ebrios pero lo que se hace es recortar el presupuesto a la Guardia Civil para realizar controles de alcoholemia. Es cierto que todos los conductores deberían ser responsables y no subirse a un vehículo tras haber ingerido una gota de alcohol, pero como no vivimos en los mundos de 'yupi' hay que tomar medidas y cuántas más, mejor. Lo que es un error es reducir esas medidas.

            En 1990, había 33.035 reclusos en la cárceles españolas. En la actualidad, suman 67.670, más del doble que hace dos décadas (el crecimiento demográfico no es tan pronunciado, más bien se ha reducido). Los asuntos acumulados (mejor dicho, amontonados) en las mesas (mejor dicho, por los suelos -valga la redundancia) de los juzgados es alarmante. La excesiva demora que reina en la Justicia española es la causante de que más de un delincuente esté rondando por la calle. Tampoco es cierto que en las Fiscalías de Menores los asuntos disminuyen; es más, a los fiscales de Menores les faltan horas y manos. Los centros de Internamiento de Menores están colapsados y la carencia de estos, nos lleva a lo mismo: más de un menor que debería estar en régimen cerrado, cumple su pena en condiciones semiabiertas.

           ¿REEDUCAR O PRISIÓN?: educación y moralidad

 El panorama es más que desolador y eso sin hablar de los delitos menos graves, los que no conllevan penas de prisión, y que están en pleno auge por diversos factores sociales. Uno, sin duda, es la crisis económica por la que están pasando algunos países. Una Comisaría de una ciudad media (como pueda ser Alicante) puede tramitar en un sólo día una veintena de denuncias por hurtos (robo de bolsos, carteras, monederos...). Un dato reciente: España es uno de los países europeos con mayor número de hurtos y robos en tiendas. Otro de los delitos que podemos relacionar con el tema de la crisis son las estafas. Aunque no podemos obviar que siempre han existido los hurtos y las estafas.

            Pero si la educación de base falla, entonces tendremos que replantear la reinserción de los que se han 'saltado' las normas. Lo que no es viable es que se pretenda reconducir a un delincuente cuando no se le dictan unas normas. Me refiero a la reeducación dentro de prisión, ya que sólo es voluntaria. Cumplir una pena, pero sin una resocialización, es como no cumplir el castigo. Es decir, pongamos el caso en el que un individuo ha estado 5 años en prisión por una tentativa de asesinato de violencia de género. El condenado pasa 1.825 días encerrado. Muchas horas vacías en su mente y nadie que le haya reconducido sus intenciones. Probablemente cuando salga a la calle, termine por acabar lo que un día comenzó, ya que el odio se ha incrementado y él sigue pensando (creyendo) que lo que hizo estaba bien, que era lo correcto y que su 'encierro' es por culpa de la víctima. La reeducación dentro de los centros penitenciarios tendría que ser obligatoria por ley y no que el preso decida o no si realiza los programas reeducativos.

            Estamos ante un mundo un tanto (por no decir demasiado) contradictorio y es que dentro (nos referimos a la cárcel, párrafo anterior) no hay obligatoriedad, pero fuera sí. Una de las medidas que se están aplicando en España desde hace algunos años y que ayudan a que las cárceles estén menos colapsadas es la reeducación social. Los programas son pioneros de la Audiencia Provincial de Alicante y su creador es Vicente Magro, presidente de dicho órgano judicial. Si la pena no supera los dos años y el condenado no tiene antecedentes judiciales se 'libra' de ir a la cárcel. De ahí que Magro 'creara' la reeducación para condenados. Actualmente se hace para los condenados de violencia de género, para los penados por delitos contra la Seguridad del Tráfico y algunos programas específicos para delitos menores. Si tenemos estos ejemplos con unos resultados tan positivos (la reincidencia tras asistir a los programas no supera el 3%) entonces ¿por qué no se hace lo mismo con los presos?

            Otra de las cuestiones que nos preguntamos es si hay que aplicar la misma dureza para cualquier tipo de delito (grave o no grave). Está claro que con el endurecimiento del Código Penal de 1995 existe mayor preocupación a la hora de delinquir, ya que las penas impuestas por los jueces son más severas. Aunque desde una perspectiva social no se puede comparar el padre que roba en una farmacia para obtener medicamentos para su hijo enfermo, que a un miembro de una banda organizada que asalta un chalé con sus moradores en el interior para robar objetos de valor. Pero desde la perspectiva jurídica, el incumplimiento de la ley debe ser castigada para todos por igual. Ya que se crearían antecedentes y la ley no se hace de manera individualizada, sino que es generalista. Es aquí donde los jueces tienen que ser más permisivos con los delitos graves y menos graves.

Hay que escuchar, no oír. Hay que dar un voto de confianza, hay que reconducir, sobre todo a los jóvenes. Ellos son el futuro.

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